Cuando la tecnología se cargó la historia de terror clásica

La tecnología moderna bastaría para solucionar a mitad de partida muchos de los clásicos del cine de terror.

A las víctimas de muchos asesinos y monstruos de las películas de miedo les bastaría ahora un teléfono móvil, una cámara bien situada o un GPS para solucionar la partida casi antes de que empiece.

Por eso ahora a los guionistas les toca dar una vuelta de tuerca a sus historias para tener en cuenta las últimas innovaciones en dispositivos, de forma que aún puedan aterrar a los espectadores. O eso, o situarlas en el pasado, claro.

De eso hablan en el podcast de Polygon, “Galaxy Brains”, con la periodista del NYT Taylor Lorenz, que regularmente escribe sobre tendencias y novedades en el comportamiento dentro del mundo digital y las redes sociales.

Como referencia, “Spiral: from the book of Saw”:

La peli, con Chris Rock de prota, es de este año y yo no creo que la vea porque a mi las pelis de Saw me dan flato. Pero el tema es interesante.

Las nuevas tecnologías también le hubiesen puesto las cosas difíciles al asesino de Golden State, al que dieron caza, tras una encomiable tarea de investigación a lo largo de décadas, en 2018. El proceso se puede seguir en el documental de seis capítulos “El asesino sin rostro”, en HBO. Creo que dentro de poco van a estrenar alguna actualización sobre el caso, de hecho.

Si eres aficionado/a al género del True Crime, probablemente lo disfrutes:

Así usan los ciberdelincuentes una Raspberry Pi para hacer saltar la banca en un cajero

Los cibercriminales vacían los ATMs de las entidades bancarias con tan sólo tres elementos: malware, una llave comprada en Ebay y una Raspberry Pi. Así lo cuenta Dave McKay en un artículo en Cloud Savvy IT.

La mayoría de los cajeros funcionan con Windows 7 o Windows XP, que son sistemas bastante desactualizados. Dependiendo del modelo de ATM que quieran asaltar, los delincuentes pueden comprar en el mercado negro un malware específico cuyo precio oscila entre los 200$ y los 1000$.

Los mejores objetivos son cajeros que tienen bastante uso, porque tendrán más efectivo disponible, y a la vez que se encuentren en zonas de escasa o nula vigilancia.

Los atacantes mapean y estudian los objetivos y dan el golpe en días especialmente señalados, como el Black Friday o las semanas previas a Navidades, porque suele haber dinero extra en las máquinas, en previsión de una gran afluencia de público que quiere hacer sus compras.

Analizar bien el modelo del cajero les permite saber qué malware y qué llave necesitan. A veces es fácil, porque algunos fabricantes ponen su marca visible en el dispositivo. Otras veces utilizan Google Image Search o incluso asistencia desde la Dark Web. Las llaves para abrir la máquina se pueden conseguir allí, pero también en Ali Baba o Ebay en muchas ocasiones.

Una vez se abre el cajero, se accede a los puertos USB. Estos están restringidos para que los técnicos los usen con un teclado o un ratón, si lo necesitan, pero los criminales cargan el malware en la Raspberry Pi -unida a una batería- y le hacen creer al ATM que se ha conectado uno de estos periféricos y le está enviando comandos.

A partir de ahí, el atacante ya puede lograr que el cajero comience a escupir billetes. Jackpot!

Una explicación más detallada, en el artículo original.

Mi dieta audiovisual de abril de 2021

Casi al final de mayo, un repaso a lo que vi en abril. Bastantes más películas que series:

Películas que vi en abril

Moxie: Comedia de instituto con trasfondo feminista. Bastante mejor de lo que esperaba. ¿Qué coño? Es buena. Moxie!(7/10)

El pueblo de los malditos: No es precisamente una película nueva, esta de John Carpenter. Para mi gusto, ha envejecido mal, aunque sigue siendo una buena opción para una tarde de pelimanta. (6/10).

Un mal viaje: Una gamberrada con cámara oculta guionizada como si fuese una película. En ocasiones, muy divertida; en otras, en exceso escatológica. (6/10)

Viva L’Italia: Una comedia de enredo italiana sin mucha trascendencia. Una movida bastante vista ya, la verdad. Para echarse la siesta. (5/10)

Patrulla Trueno: Melissa McCarthy es una de las actrices más divertidas del momento, aunque el guion de sus últimos estrenos no acompañe sus capacidades para la comedia. Flojita, flojita, esta de superhéroes femeninas cuya idea daba para un desarrollo mucho más inteligente. (4/10)

Juerga hasta el fin: No faltará quien crea que es irreverente y demoledora. Yo no me cuento entre ellos. El tercio inicial muy bien y luego se desmorona poco a poco. Graciosilla, sin más. (5/10)

Una joven prometedora: espectacular Carey Mulligan en una de las mejores películas que dio el 2020. El acto final desmerece un poco el conjunto. (8/10).

La invitación: Había oído mucho bueno de ella. Tarda mucho -muchísimo- en entrar en faena. El desarrollo de personajes es bastante llamativo. Para mi, se queda a medias en lo que propone.(6/10)

De amor y monstruos: Historia fantástica, rollo young adult, con unos efecto digitales bastante más que dignos y una historia muy llevadera, Netflix acierta a medias con este título que podría haber dado más de sí y que estoy convencido de que tendrá secuela. Es una pena, porque con un poco más de chicha podría haber llegado mucho más alto. (6/10)

Pokemon: detective Pikachu: Si. Es una peli de Pokemon. Si, la he visto. Si, me entretuvo. Y ya. (5/10)

El juicio de los siete de Chicago: Aaron Sorkin hace trampa con su habitual potencia de fuego para construir diálogos. La historia tiene bastante menos fondo del que parece, pero el ritmo y las conversaciones elevan mucho el guion. (8/10)

Fake Famous: Documental de HBO sobre la creación de influencers. Bastante menos interesante de lo que parecía en un principio. Aún no he encontrado un docu con esta premisa que no se desinfle desde el principio. Tedioso. (4/10)

La deuda: Faena de aliño de John Madden sobre la persecución de un criminal nazi por parte de un trío de espías israelíes. Reparto de lujo e historia emocionante, aunque te queda esa interpretción de best seller donde todo pasa como tenía que pasar. Los protas lo pasan mal y el espectador bien. (7/10)

Series que vi en abril

The Wilds (Prime Video): Una llamativa mezcla entre “Lost” y Gran Hermano femenino. Al principio tenía dudas, pero luego me enganché bastante. Veré la segunda temporada, cuando llegue, seguramente. (7/10)

Por H o por B (HBO): La primera serie española -si mal no recuerdo- de HBO es una comedieta malasañera con momentos de inspiración aunque el tono general sea regulero. Con todo, me la he acabado, así que algún punto a su favor tendrá. Interpretaciones desiguales. Podría tener más mala leche. (5/10)

La Serpiente (Netflix): Aunque pierde algo de fuerza hacia el final, los primeros compases de esta tremenda historia basada en hechos reales son casi hipnóticos. Me lo he pasado muy bien con ella. (8/10)

Cuando llegó la pandemia ¿Estábamos ya al final de algo?

Ya estábamos al final de algo” antes de que el coronavirus pusiera nuestras vidas patas arriba. Eso es lo que cree Daniel Bernabé, al menos. El periodista y escritor ha lanzado no hace mucho un nuevo libro tras el, podríamos decir que éxito, de “La trampa de la diversidad”, un ensayo polémico en el que diseccionaba las claves por las que la izquierda, considera, no encuentra su camino en este inicio del siglo XXI.

Este nuevo título peca de lo mismo que muchos ensayos actuales: parece más un artículo alargado hasta tomar forma de libro.

En cualquier caso, lo que expone Bernabé es que la pandemia ha llegado en un momento en el que el capitalismo acusa ya el agotamiento de la revolución neoliberal y busca nuevas formas de presentarse a sí mismo o de reconstruirse ante la opinión pública, intentando dar respuesta a las inquietudes actuales del personal; que pasan por lo sanitario pero, también, por lo económico, lo climático e incluso una crisis cultural o identitaria en la que la propia legitimidad de la democracia está en tela de juicio.

El autor expresa que la política, al final, no es más que la manera en que utilizamos la ideología para moldear y dar solución a los problemas que tiene nuestra sociedad. Cuando valoramos eso de si vivimos mejor o peor que nuestros padres ¿Debemos hacerlo en función de ciertas condiciones materiales y experienciales (tecnología, acceso a ocio, viajes baratos) o debemos fijarnos en la estabilidad y las certezas que proporcionaba un estado de bienestar quizá más amplio y un trabajo de los de para toda la vida?

Al final, es más un resumen diagnóstico que una propuesta de soluciones y me ha resultado menos interesante que el anterior, que tanto ruido hizo.

Ya estábamos al final de algo, de Daniel Bernabé.

El método Zettelkasten te ayuda a tomar notas inteligentes

Hace poco estuve leyendo “El método Zettelkasten“, un libro de Sönke Ahrens que explica cómo el sociólogo Niklas Luhman tomaba notas y, posteriormente, las archivaba. De esta forma, podía relacionar unas con otras y así generar nuevas ideas de forma casi constante.

Luhman desarrolló una brillante carrera académica a partir de esta manera particular de analizar, clasificar y reflexionar sobre lo que leía, hasta acumular unas 90.000 notas en su Zettlekasten. Este, no es si no el término alemán para nuestro “fichero”.

Relacionar ideas diversas para crear otras

El asunto, en cualquier caso, no está tanto en la labor archivera como en el hecho de relacionar las ideas para crear otras diferentes. El argumento de Ahrens, en este caso, es que para poder pensar mejor es necesario contar con una estructura de datos externa a nuestro limitado cerebro.

Si quieres entender algo, es necesario escribirlo y expresarlo con tus propias palabras. Esto es de una gran ayuda para nosotros a la hora de procesar una información nueva de forma efectiva. Combinar diferentes técnicas de toma de notas y estudio solo lleva al caos, según expone el autor del método Zettelkasten, que tan solo tiene 189 páginas.

El método Zettelkasten propone una combinación de notas bibliográficas, temporales y finales que, en mi caso, no me resulta práctico para la escritura de posts, pero entiendo que es básica para una investigación académica. Yo, para variar, adapto cualquier cosa a mis circunstancias y a mis apetencias. Las notas temporales las hago en Google Keep, mientras que para el archivo utilizo un programa Open Source, llamado Zettlr.

La parte interesante para mí es la de sacar ideas de las notas después de una lectura y, luego, desarrollar cada una de ellas en una nota final e independiente. Luego de eso, el borrador de anotaciones temporales se puede desechar.

Más que escribir y subrayar citas, hay que resumir y pensar en las ideas y argumentos que propone el texto, así como ver por qué pueden ser importantes y cómo encajan con otras que ya se conocen de otras lecturas, investigaciones o experiencias.

Trabajar con palabras clave

En vez de pensar como un archivero, que clasifica y guarda las ideas en un espacio temático específico, un escritor tiene que dilucidar cómo va a utilizar esas ideas en futuros trabajos. Aquí es importante la asignación de palabras clave, que debe estar mayoritariamente asociada a esta función elaborativa, en lugar de clasificatoria. Es decir, que tenemos que asignar palabras clave que ya nos sugieran ideas o preguntas con las que luego podamos trabajar.

Para decidir sobre qué tema escribir, únicamente tienes que fijarte dónde has ido anotando ya grupos de notas entrelazados. A partir de ahí, puedes organizar ideas, hacer un sumario, ver qué huecos hay en el argumentario o dónde tienes que ampliar o desarrollar nuevas ideas.

En líneas generales se trata, como siempre, de buscar lagunas en tu conocimiento para poder rellenarlas convenientemente. También de leer cosas dispares que puedan llevarte por caminos desconocidos e imaginativos.

Os recomiendo que le echéis un vistazo a la página web de Ahrens, que hace referencia directa a la toma de notas inteligentes y, además, sugiere software variado para completar tu propio Método Zettelkasten.

Un remake del KOTOR es algo que necesitamos en nuestras vidas

Está en desarrollo un remake del legendario RPG “Knights of the Old Republic” (KOTOR), basado en el universo Star Wars y que tuvo una segunda parte igualmente mítica.

El KOTOR primigenio se lanzó en 2003, que ya es como la prehistoria de la vida. Al parecer, el estudio responsable del proyecto es Aspyr, que ya se encargó de dar forma a las versiones del juego para dispositivos móviles. Lo que falta por saber es si en esta ocasión estamos ante un lavado de cara o un nuevo juego con una visual del todo distinta.

Posiblemente sabremos algo más en el día de Star Wars, que es el 4 de mayo.

Baldur’s Gate es la mejor saga de RPG de todos los tiempos, aún así.

Los juegos de rol (RPG) son, de lejos, mi género favorito en el mundo videojueguil. Desde los mencionados KOTOR 1 y 2, hasta el mejor de los mejores, que es la saga Baldur’s Gate en todas sus versiones. Pero ahora no se puede jugar a BG, porque estaba pensado para monitores CRT, y cuando lo quieres ver en tu portátil con pantalla LCD -como pasa con Icewind Dale o Planetscape Torment, también- te da un ictus porque no te puedes creer que se vea tan pocho.

Como no puedo jugar a Baldurs Gate y ya me he dejado muchas horas de mi vida en Skyrim y Mass Effect 2 y 3, ahora le he cogido el gusto a Genshin Impact, que es más parecido al concepto Final Fantasy que a Dungeons & Dragons, y mola menos. Pero se ve increíble incluso en un móvil de gama media, como es el mío.

Los juegos de rol, amén de divertidos, me resultan apasionantes porque puedes dar rienda suelta a tu imaginación y darle forma a un personaje -o un grupo de ellos- mejorando sus habilidades de la forma que más te guste. Es el sueño húmedo de un coach, ya que es posible estudiar meditación y Phyton en tercero de la ESO.

Bueno, no, no puedes hacerte un personaje que programe en Phyton en Baldur’s Gate, pero en el Lord of The Rings Online puedes llegar al nivel 130 con un hobbit a base de cocinar tartas. Hay evidencia empírica, gracias a un señor muy friki que lo ha hecho.

Bilingüismo chapuza en la educación de los niños

El dominio de la lengua materna es fundamental para la expresión del individuo en su sentido más profundo, mientras que el conocimiento del idioma de otro país, aunque pueda ser beneficioso a muchos niveles, tiene una función principal como herramienta de comunicación, especialmente en el terreno laboral.

Lo digo porque he visto hoy el documental -disponible íntegro en YouTube- titulado “La chapuza del bilingüismo“. La pieza, rodada con medios humildes, aunque armada sobre testimonios de valor, alerta sobre los efectos de este programa educativo, pionero en 2004 en la Comunidad de Madrid, y luego extendido a escuelas e institutos de otras comunidades. Castilla-La Mancha, por ejemplo, aunque un buen número de centros ha dado marcha atrás por no estar convencidos del desarrollo y resultados de la iniciativa.

El dominio e influencia de la cultura anglosajona en las sociedades occidentales es obvio. Y el aprendizaje del idioma inglés no está apartado de la asimilación de otros muchos hitos culturales -hola, Halloween– que hemos digerido casi todos sin empacho.

La dificultad para los alumnos de entender conceptos complejos en otro idioma

Mi impresión al ver el documental y, también a tenor de algún caso que conozco -nada científico, como ven- es que uno de los principales problemas que presenta la idea de impartir la casi totalidad de las materias en inglés -se salvan matemáticas y lengua- radica en que debe ser bastante difícil transmitir conceptos complejos a un alumnado que no domina el inglés.

Una cosa es recordar “listas de palabras” y términos ingleses, como expone uno de los participantes en “La chapuza del bilingüismo”, y otra es llegar a comprender ideas y principios abstractos que ya de por sí son difíciles de entender en español. Tiene su gracia, en estos tiempos en los que la memorización es un concepto tan denostado.

Entiendo que resulta mucho más complejo desarrollar un relato sólido sobre, por ejemplo, una época histórica, en una lengua que no es la tuya, para un alumnado que no es nativo y cuya vida fuera de la escuela no es en inglés. Alumnos que no comprenden lo que se les dice y profesores que, incluso aunque sean capaces de expresarse en ese idioma, no se sienten suficientemente seguros al hacerlo o, como poco, no del mismo modo en el que se sienten cuando enseñan en español.

Perjuicio de la motivación y segregación en el programa de bilingüismo

También mencionan los docentes entrevistados para el documental, los problemas de motivación que genera el programa bilingüe, tanto entre los alumnos como entre el profesorado, que ve complicada la labor de despertar en los chavales el interés por aprender, cuando las clases y los contenidos, que ya de por sí requieren un esfuerzo de asimilación, se convierten en una carrera de obstáculos lingüística.

No hay que olvidar la edad de estos chicos en colegios e institutos, que todavía están en fase de desarrollar recursos propios en su lengua materna. Los alumnos que tienen dificultades para hablar en inglés terminan por tener también complicaciones en cualquier otra asignatura de las que hay que cursar en inglés.

Y, para terminar, ambas partes de la ecuación en el aula sufren el efecto de segregación que se produce; primero porque se separa a los estudiantes progresivamente, de acuerdo a su nivel de rendimiento académico en la lengua inglesa y desatendiendo a aquellos que tienen necesidades especiales, o cuyo estrato socioeconómico dificulta su vida escolar.

Segundo, porque esa distinción en sentido negativo, también se da entre el profesorado, a nivel de salarios -hay un extra para quien imparte la totalidad de sus horas en inglés- así como también de falta de reconocimiento de los méritos y capacidades como enseñantes, en beneficio de un criterio que prima el dominio de la lengua foránea.

Expresarse en castellano

Un dominio que, como decía al principio. quizá le dé a los alumnos ventajas laborales -está en entredicho la eficacia del programa de bilingüismo-, pero no les ayudará a desarrollar su expresión en castellano, que es el idioma en el que inevitablemente querrán ahondar en la comunicación consigo mismos y con el resto de españoles.

Es muy importante y bonito aprender inglés. O alemán, o griego. Pero también lo es no olvidarse de nuestra lengua. Llama la atención, que entre tanta exaltación de otros símbolos nacionales, algunos quieran olvidarse del que, por fuerza, más nos une a todos.

Mi dieta audiovisual de marzo 2021

Con un poco de retraso sobre lo habitual, este repaso a lo que vi el mes anterior. Bastante, la verdad.

Películas que vi en marzo

Padre no hay más que uno: había oído hablar de ella, porque le fue bastante bien en España y, también, porque Prime Video no dejaba de promocionármela siempre que tenía la ocasión. Una comedia familiar, entrañable y simpática. Con mejores gags de lo que esperaba, la verdad. Me lo pasé bien. (6/10).

Raya y el último dragón: Para mí, lo mejor que ha hecho Disney en mucho tiempo. Raya es una película divertida, imaginativa, llena de acción y visualmente muy bonita. Tanto si la veis con niños como sin ellos, la disfrutaréis. (9/10).

El rey de Zamunda: Cuando era un chaval, Eddie Murphy era mucho Eddie Murphy. Me encanta “El príncipe de Zamunda” y me temía lo peor cuando vi que Prime Video estrenaba la segunda parte. Sin embargo, la película mantiene el espíritu de la primera entrega y es una comedia digna, aunque tampoco os va a volar la cabeza. Me ha gustado volver a ver al elenco de la primera parte tantos años después. La pega, como siempre en este tipo de películas, es que adivinas por dónde van a ir los tiros desde el minuto uno. (5/10).

Greenland, el último refugio: Aquí también me esperaba una catástrofe, y no porque sea cine de desastres naturales. Contrariamente a mis expectativas, es una digna cinta de aventuras sostenida por la presencia de Gerald Butler y Morena Baccarin. La premisa es un poco lóquer, pero me interesó -y puso de los nervios- el viaje de esta familia que intenta escapar al fin del mundo.

Snowden: Rodada con el pulso de Oliver Stone, hacía ya que quería saber más de esta historia a la que no me había acercado mucho hasta ahora. Emocionante e intrigante a partes iguales. En el filo del panfleto, también. Mola. (7/10).

La otra Missy: La han puesto a caer de una burra, pero a mi esta película me da lo que espero de una comedia idiota de estas características: entretenimiento puro y duro y algunas carcajadas ruidosas. Qué graciosa es Lauren Lapkus. (6/10).

Guerra de likes: Está en Prime Video. Comedia mejicana con trasfondo de crítica al mundo influencer y a las redes sociales. Bastante superficial, anodina y, sobre todo, extremadamente convencional. Nada nuevo. (4/10).

Una historia real: basada en un caso real, Jonah Hill y James Franco sostienen con soltura este drama que conecta a un periodista despedido del New York Times y a un asesino que se hacía pasar por él. Me gustó. (7/10).

Cementerio de animales: Es el remake de 2019. No recuerdo haber visto la anterior. Basada en una novela de Stephen King, se deja ver y entretiene. Poco más. No me dio mucho miedo, y eso que soy muy cagao para el cine de terror. La banda sonora está bien.

Nomadland: Pongo las películas en el orden en el que las he visto, más o menos. Si no fuese así, “Nomadland” estaría la primera. Una historia que destila verdad, con una Frances McDormand brutal. Las alegrías y miserias de una clase trabajadora obligada a vivir en la precariedad, desplazándose en una casa rodante de un curro temporal a otro. También habla mucho de la libertad pero, sobre todo, es una película sobre una mujer que intenta superar una pérdida. O así lo veo yo. Bella en todos los aspectos. (9/10).

Monster Hunter: Yo intento que me guste algo de Paul W.S. Anderson, pero no se deja. Acción a lo loco de unos marines que se ven atrapados en un mundo paralelo. Todo a mayor gloria de Milla Jovovich, que hace muchas posturitas, y de unos efectos especiales no tan buenos como querrían hacernos creer. El tramo medio de la película está bien pese a un inicio tedioso. Luego ya se descompone todo. (3/10).

La llorona: Pensaba que me iba a cagar y tener pesadillas por las noches, pero no da para tanto esta historia de miedo con leyenda mejicana de por medio. Tiene algún momento inquietante, pero no es mucho lo mío. Daba para más. (4/10).

Series que vi en marzo

El pionero (HBO): es una docuserie de cuatro episodios sobre Jesús Gil y Gil, un personaje archiconocido para cualquiera que viviese en la España de los 90 y primeros 2000. Aunque la cantidad de testimonios de familiares y amigos hace que bordee la hagiografía en algunos momentos, el retrato tiene valor documental y, además, está muy, muy bien montado y contado. (8/10)

Nevenka (Netflix): Ha dado mucho que hablar esta otra miniserie documental, sobre un caso que fue muy sonado en España. Hace ya veinte años y Nevenka vuelve a la actualidad para contar su historia. La verdad, me ha impresionado la falta de perspectiva que tenía sobre este caso (me pilló con 18 años en su momento) y no recordaba que hubiese suscitado reacciones y actuaciones tan vergonzantes. Merece la pena verla entera. (8/10).

Ataque a los titanes (Prime Video): No me va demasiado el anime, aunque de cuando en cuando le hago algún acercamiento. Está bien, pero los dibujos son muy feos y la historia pierde fuerza al rato. No es mi rollo, como decía. (6/10).

Raised by Wolves (HBO): Ridley Scott y ciencia ficción. Con estos reclamos, no me la podía perder. Me alegro de haberla visto. Va de menos a más. Es una historia rara de narices, pero le coges cariño a los personajes, aunque los principales sean androides. (7/10).

Tribus de Europa (Netflix): De los creadores de “Dark”, que tuvo una temporada muy buena, una pasable y otra infumable. Los germanos repiten en Netflix con una especie de remedo de “Los 100” y, para mi, fracasan. No pasé del tercer episodio. (3/10).

Sky rojo (Netflix): No es que nos prometiesen que iba a ser la nueva “casa de papel”, pero sí. Iban a eso. No llega. Se agradece que sean sólo seis capítulos de media hora. Todo muy trepidante y lleno de adrenalina y todo muy difícil de creer. Entre tanto exceso, un cliffhanger final bastante tramposo. Aún así, mal se tiene que dar para que no vea la segunda temporada. (6/10).

Comidas preparadas y casas sin cocina

Hace tiempo escuché una entrevista -no recuerdo el enlace, para variar- a unos emprendedores del sector del delivery que proyectaban un futuro en el que la gente pediría comida a domicilio al menos cuatro veces a la semana. Esa, explicaban, era la condición irrenunciable para que el tinglado fuese rentable a largo plazo. Cocinas fantasma incluidas, imagino.

En aquel momento, se hablaba incluso de construir pisos sin cocina; tales eran las perspectivas de negocio. Aún no había llegado la pandemia del COVID a nuestras vidas sologripistas y me pareció que el objetivo era exagerado. Yo no hacía tanto que había perdido un montón de peso entregándome a la alimentación sana, y mis costumbres incluían pedir una pizza o comer en un Burger King un par de veces al mes, como mucho. También porque me parecía una bonita forma de tirar tu economía por la borda en comida sabrosa pero insustancial.

Un par de años después de aquella entrevista, en cambio, mi perspectiva ha cambiado. En este tiempo -principalmente desde que llegué a Grecia-, he conocido a personas de muchos países que tiran de delivery con frecuencia o, directamente, comen regularmente gracias a él. No solo incluyo aquí las apps que te llevan los platos a domicilio, sino también los locales de comida casera que aquí son tan populares y, también, muy baratos.

Como ya, de nuevo, ni vivo solo ni tomo mis decisiones personales unilateralmente, me he encontrado con que aquí, en casa, también el sector de comidas preparadas ha invadido parte de mi rutina alimenticia. El coronavirus, claro, ha influido pero, pese a que me gusta mucho cocinar, también la realidad laboral, la gestión del tiempo y las costumbres en general de aquellos con los que me relaciono, han generado un afluente de platos ya cocinados en mi dieta.

Por una parte, convivir y relacionarte con gente de Italia conlleva inevitablemente a que la pizza esté presente en tu vida, como en la suya. Eso sí, nada de piña. Ni nada de cosas raras en la Margherita, per cortesía.

También es cierto que en Thessaloniki hay una innumerable cantidad de sitios de comida casera lista para llevártela al apartamento. He probado varios, pero mi favorito es Odiseas, en el que siempre hay cola, y que lo descubrimos al observar que la Policía se acercaba allí a pillar especialidades regularmente.

En Odysseas siempre hay cola, pero es una cola que va más rápida que un fórmula uno. Es un sitio familiar que recuerda bastante al episodio del sopero nazi de Seinfeld. Es comida barata, está rica y tienes que seguir unas normas que son, básicamente, tener claro lo que quieres o pensarlo rápido. Porque si no esa familia cocinera le da el turno a otro. Porque son gente con una prisa mortal por servir platos, que son los que ellos tienen y no pidas otros ni les líes con tontás.

Con tres euros comemos dos medio pollo con patatas fritas. Por seis, te comes un par de schnitzel de pollo o unos cordon bleu. Así que, claro, vengo de comprar allí, porque yo con los huesos de ese pollo legendario hago un fondo muy bueno para el arroz.

Hago caldo de pollo y, también, de pescado, con lo que compro en el mercado de Aristotelous. Porque sigo cocinando, porque cocinar es cultura, es diversión y es bien. Y por mucho delivery que quieran meter en nuestras vidas, a mi, queridos emprendedores, el piso me lo alquiláis con cocina. Faltaría más.

Te falta un papel

Hoy he tenido una de esas mañanas de papeleo. En principio era una cosa de trámite para conseguir mi ansiada tarjeta de residencia. Tenía todo en orden: originales, copias, fotografías, pasaporte…

Por supuesto, no ha sido tan sencillo. Cuando he llegado a la oficina para residentes de la UE, me he topado con un funcionario que, aparentemente, estaba en su primerito día de encargarse de esto. “Mmmm, no. Es que te falta un papel que diga…”, me ha dicho el quisquilloso caballero. Total, que vuelva usted dentro de unas semanas. Básicamente, porque me ha sido imposible conseguir el papelito dichoso esta misma mañana, que ya es perdida.

Pelear con la burocracia es una de las peores cosas cuando estás fuera de tu país para una larga estancia. En caso de que no lo sepáis, la libre circulación por la UE es una cosa de turistas y gente de mal vivir pero, para el resto de los mortales, es como el yogur al fondo de la nevera: el día menos pensado, va y se caduca. Entonces, tienes que hacerte la EU Residence Card.

En Grecia, el asunto del papeleo no es cosa menor, porque aquí la administración electrónica no está precisamente avanzada. Un montón de webs oficiales, diseñadas por su peor enemigo, no tienen ni certificado de seguridad; por haceros una idea. La Sanidad pública, en este y otros aspectos, es aún más complicada. Pero de eso hablaremos otro día.

Generalmente, hay mucho, mucho documento para trámites sencillos. Y que venga el nombre de tu padre en todo, por supuesto. Aún así, en el año y poco que llevo aquí he visto avances. Por ejemplo, ahora es más fácil abrir una cuenta bancaria que cuando llegué. Milagros de Nuestra Señora de la Pandemia.

El personal de la oficina -amablemente, eso sí- me ha anotado otra cita para más adelante, cuando tenga el documento que necesito, en una tosca agenda de papel llena de garabatos. Solo espero que no se pierda. También me han confirmado que, a falta de ese pequeño detalle que se les ha ocurrido hoy, todo bien.

En el apartado positivo, veo frutos en mis esfuerzos por aprender griego. Aunque aún no estoy a la altura de Aristóteles -que en su plaza descanse- mi tosco conocimiento del idioma me permite ya entenderme con la gente un poco en, por ejemplo, situaciones como esta. Porque el señor administrativo era picajoso con los documentos pero, de inglés, ni idea. Ligó, ligó, pero que Óxi, filo mou.

Digno de Larra.