Newsletters

Con 40 años ya cumplidos, Casey Newton deja The Verge para montar su propia newsletter de pago en Substack, que se va a llamar Platformer. Llevaba cubriendo la industria tecnológica en la publicación desde 2013.

Newton se muestra escéptico sobre el futuro de la industria publicitaria como fuente de ingresos para los medios y razona que, si consigue 1.000 personas dispuestas a pagar 10$/mes, ya con eso va a tener mejor salario que la mayoría de periodistas en Estados Unidos.

También es una buena forma de recuperar el viejo espíritu bloguero, sin depender de Adsense o de los odiosos enlaces de afiliado, y conseguir unos ingresos sin complicarte mucho la vida con hostings y dominios. Si algo hacen bien las plataformas de alojamiento de newsletters es
ponértelo muy fácil para empezar y mantenerte allí.

No es el único periodista o columnista que prueba suerte alcanzando a los lectores por email. Lo cuenta el NYT en este artículo, que firma Mark Tracy, acerca de profesionales que se lanzan al formato para montárselo por su cuenta, después de alcanzar relevancia en otros medios de comunicación.

A mí es un formato que me gusta. Cada vez leo más newsletters y me fijo en lo que publican y seleccionan determinadas personas que considero informadas en una materia de mi interés. Resulta mucho más sano mentalmente que adentrarse en las homepages de los medios o que recibir una avalancha de feeds que, en numerosas ocasiones, te envían los mismos contenidos regurgitados de diferente manera. Ya no os digo nada de meterse en el scrolling infinito de las redes sociales.

“I think you’re going to see more writers finding out that they’re wasting their time on Twitter. Once they have enough Twitter followers, they might have some new opportunities open to them”.

Casey Newton en una entrevista en One Zero.

Hacerse con una base de suscriptores dispuestos a pagar por lo que escribes, anticipo que no es nada fácil; pero imagino que en términos de ingresos puede resultar más justo, si funciona, y que además te proporciona más libertad para concentrarte en elaborar mejores contenidos y más de tu agrado.

Incluso algunos de estos boletines, en principio individuales o cosa de un colectivo pequeño, crecen y evolucionan hasta cristalizar en nuevas publicaciones o contratar más personal para ampliar y mejorar sus propuestas informativas.

A saber si es el futuro, pero sí que empieza a ser el presente.

Biohackers

Hoy he terminado de ver “Biohackers“, en Netflix. La empecé porque todo lo relativo a tunear el cuerpo aprovechando la tecnología me llama mucho la atención (incluido, por ejemplo, el libro sobre transhumanismo de Luc Ferry), pero la serie no me ha gustado. Está compuesta por seis capítulos de unos 40-50 minutos y se deja ver, pero el inicio prometedor se transforma después en una historia convencionalísima y llena de incongruencias.

El guión de Christian Ditter es errático e inconsistente. La verosimilitud de la historia es pobre y apenas aprovecha el filón interesante, que es el de los jóvenes geeks y aspirantes a influencers que aspiran a formar parte de la vanguardia de la revolución transhumanista. No creo que continúe con la segunda temporada, cuando la estrenen.

Otras cosas que he visto últimamente:

Maldita: una serie de fantasía medieval artúrica que se ve de un tirón aunque tiene algo de tufillo a cartón piedra. La historia es interesante a ratos y otras veces intrascendente. La mitología es confusa y a veces- demasiadas- da la impresión de que estás viendo un pastiche de otras producciones. Para echar un rato, pero olvidable. No sé si seguiré con ella.

La huésped: No entiendo cómo Andrew Niccol se ha dejado liar para producciones cada vez más intrascendentes. Desde Gattaca y SimOne, nada que merezca la pena. En este caso, la historia ya prometía desastre, porque está basada en una novela de Stephenie Meyer. Los mismos postulados ultras que en Crepúsculo, pobremente escondidos, para una película de ciencia ficción que mezcla la novela rosa con el aburrimiento supino. Tiene algún momento con más vidilla y un escenario natural desértico muy espectacular, eso sí. Mejor abstenerse de perder el tiempo.

Encurtido en el tiempo: Seth Rogen suele hacerme reír, y en este caso también lo ha logrado con una historia surrealista acerca de un tipo que se queda conservado en una tina de pepinillos en vinagre y regresa a la vida, un siglo después, para comprobar que su único descendiente es un fracasado diseñador freelance de apps. No es la peli de tu vida, pero sirve para pasar un rato agradable después de la cena. Está en HBO.

Seth Rogen durante una escena de “Encurtido en el tiempo”.

El difícil momento de las salas de cine en USA

Hace nada que nos dijeron que “Tenet” estaba salvando a los cines. Qué jóvenes éramos. La película de Christopher Nolan, que aún no he visto, ha logrado una débil recaudación en las primeras dos semanas: apenas 29,5 millones de dólares en USA; 200 millones si contamos el resto del mundo.

La asistencia a los cines está muy por debajo de lo que esperaban en Hollywood a estas alturas. Se ha pospuesto la próxima película de Wonder Woman para presentarla durante las próximas Navidades y los nuevos estrenos de Marvel (Black Widow) y Pixar (Soul) están en la cuerda floja.

Jeff Goldstein, responsable del área de distribución de Warner Bros, se queja en el NYT de que el 30% de los cines en Estados Unidos continúan cerrados, y los dueños de las salas temen cada vez más la sombra de los estrenos premium en streaming, tipo Mulán.

Falta que conozcamos cómo le ha ido a Disney en este aspecto para vislumbrar, al menos un poco, por dónde puede ir el futuro de las películas en los próximos años. Personalmente, no creo que vayan a desaparecer los cines, al menos a medio plazo, pero sí que puede que se consolide el acceso preferente a determinados blockbusters como nueva ventana de exhibición.

InstaShop: una historia griega de éxito no disponible en Grecia

A finales del mes pasado se dio a conocer que Delivery Hero había comprado InstaShop, la app-supermercado-online que lo peta en Oriente Medio, por nada menos que 305 millones de euros. Instashop es una startup griega y la operación ha tenido mucha repercusión en la prensa de aquí, donde, curiosamente, no podemos utilizarla.

Instashop, de momento, no está disponible en Grecia y, de hecho, la sede de la compañía está en Dubai, según este reportaje en el periódico de Macedonia. Lo que sí permanece aquí, justamente en Thessaloniki, además, es el centro tecnológico y de desarrollo, que da empleo a desarrolladores e ingenieros helenos, pese a que no sea un mercado ahora mismo que interese mucho porque, según los fundadores de la empresa -Giannis Tsioris e Ioanna Angelidaki-, los hábitos de consumo griegos igual no casan con la app.

No me extrañaría. En Grecia los supermercados son caros, los mercadillos callejeros aún son algo que puedes encontrar fácilmente -y con buenos precios para el producto fresco- y la gente gusta de hacer vida en la calle. Con todo, las principales cadenas -Massoutis, Sklavenitis…- si que envían la compra a domicilio, a través de la omnipresente aplicación Efood, por ejemplo.

Estaría muy bien que ahora parte de esos beneficios de la compra-venta de InstaShop, cuyos responsables permanecerán al frente de proyecto, redundaran en mayor inversión en Grecia, que falta hace.

Dune

Del tráiler de la nueva “Dune”, de Dennis Villeneuve -3 minutazos ¿Por qué nos hacen esto las productoras?- me quedo con Zendaya, con la mano del propio Villeneuve y con que peor que la adaptación de David Lynch, un pestiño insufrible, no puede ser.

El canadiense es uno de mis directores actuales favoritos y él mismo ha contado, así un poco a la remanguillé, que la historia necesitaba otro punto de vista diferente y más adaptado a estos tiempos. Vamos, que la novela de Frank Herbert merecía mejor fortuna. No tengo ni idea de si eso es así, no la he leído.

Por nombres, desde luego, no va a ser. A la firma de Villeneuve y la estela de mi adoradísima Zendaya -qué ganas de que vuelva Euphoria en HBO- hay que añadir a Jason Momoa, Javier Bardem, Timothée Chalamet, Oscar Isaac, Dave Bautista, Josh Brolin o Charlotte Rampling, más la música de Hans Zimmer que, por lo visto, pasó de la última de Nolan para hacer esta.

Hay que esperar al final de 2020 para ver esta superproducción de ciencia-ficción en el año de más ciencia-ficción de nuestras vidas. Porque lo de estos doce meses -los ocho que llevamos y los cuatro que nos quedan- no hace mucho lo hubiésemos puesto en la estantería de imposibles, al ladito de Starship Troopers.

Personalmente mis recuerdos de Dune se van más al videojuego aquel de Dune II, en la era en la que podía comprarme revistas de videojuegos y soñar con llegar a jugarlos algún día. Jamás jugué a aquel Dune y ya no creo que lo haga, porque soy de la opinión de que los videojuegos envejecen malamente en líneas generales. A día de hoy me chirrían los gráficos de Baldur’s Gate y nadie en este mundo ha sido más friki de Baldur’s Gate que yo, creedme.

La película en sí promete. Porque es épica y lo épico mola. Lleva molando desde tiempos inmemoriales. Desde antes de que Sócrates se bebiese la cicuta como un opositor ruso cualquiera. Ahora todo blockbuster que se precie tiene que ser muy épico y muy largo. Largo de la hostia. Si la historia se desarrolla en menos de dos horas y media parece como que has pagado mal. Eso en una época en la que un vídeo de diez minutos nos da pereza. Yo lo que me ha gustado una película lo mido ya en las veces que miro el móvil durante el metraje. Y en las cabezadas que doy, porque ya soy un señor de 37 años, y se nota.

Hablando de películas, el otro día vi “Mi gran boda griega“. Me encantó y me fascinó a partes iguales. Más que nada porque me di cuenta de que si hubiese visto el filme hace, por ejemplo, dos años, no lo hubiese entendido ni la mitad de bien. Ni me hubiese reído igual. Pero esto ya es otra historia. ¡Opa!