Gambito de dama: algunos apuntes

Una escena de “Gambito de dama” en Netflix.

Me quedan dos capítulos para terminar de ver “Gambito de dama” en Netflix. Es una miniserie de siete episodios acerca de una muchacha huérfana que se convierte en una estrella del ajedrez en la Norteamérica de los 60. Estoy bastante enganchado y me he tomado la libertad de anotar aquí algunas curiosidades. Consuman el texto bajo su propia responsabilidad, por si se escapa algún espoiler:

¿Qué son las pastillas verdes que toma Beth?

Aunque no existe el Xanzolam, que es el nombre que le dan en la serie al medicamento, en Marie Claire subrayan que las famosas píldoras a las que está enganchadísima la protagonista desde su más tierna infancia -y que le hacen ver la disposición de las piezas de ajedrez en un tablero imaginario en el techo- son probablemente un remedo ficticio del clordiazepóxido, que se comercializó como Librium, entre otros nombres.

Este compuesto, que venía distribuido en esas pastillas verdes, es un derivado de las benzodiazepinas que se utilizaba como tranquilizante y cura para la ansiedad de las amas de casa estadounidenses hasta que en los 70 se empezó a cuestionar si era lógico prescribirlas de forma tan alegre como se venía haciendo. Aún así, la Wikipedia resalta que, en casos de ansiedad aguda, aún se sigue recetando y considerándose como un tratamiento eficaz.

¿Se drogaba a los niños en los orfanatos?

Pues sí, desafortunadamente. En este reportaje de Buzzfeed cuentan más sobre el tema.

Curiosidades

La disposición de fichas en los tableros de “Gambito de dama”, incluidos los imaginarios, es de lo más realista, al contrario que en otras producciones. La miniserie ha contado con el asesoramiento de dos Grandes Maestros: Bruce Pandolfini y Garry Kasparov. A Pandolfini lo interpretó Ben Kingsley en la película “En busca de Bobby Fischer (1993)“.

Anya Taylor-Joy, la actriz que interpreta a la protagonista, Beth Harmon, ha contado en alguna entrevista que, antes de rodar la serie, no tenía ni idea de ajedrez. Lo que viene siendo cero patatero.

La producción está basada en una novela del mismo título (The Queen’s Gambit), escrita por Walter Tevis. En 1983, el New York Times hizo una muy buena crítica del libro. Lo define como la mejor novela de ajedrez desde “La defensa”, de Nabokov, y la historia es descrita como “un thriller psicológico, un conflicto entre la racionalidad humana y el impulso inconsciente del yo de quebrar el pensamiento”.

“Gambito de dama” no habla sólo de ajedrez, sino también de la soledad, y de la búsqueda de una respuesta a lo que significa verdaderamente el éxito. Me está gustando mucho.

Recordar lo que se lee

Uno lee un libro o un artículo y, cuando termina, descubre que no recuerda gran parte de lo que ha leído, o que no ha absorbido mucho de ese conocimiento que se le presupone a la palabra escrita.

No es nada nuevo. Los libros no son especialmente eficaces como transmisores de conocimiento, en realidad.

Parece ser que más allá de enfrascarse en sesudos volúmenes, hace falta algo de método para retener un poco de la esencia de lo que leemos con intención de aprender algo nuevo.

Vasili Shynkarenka propone una fórmula que asegura que a él le funciona. Por ejemplo, está en contra de leer por objetivos del tipo “25 páginas cada día”, porque al final acaban motivando más la velocidad de lectura que la comprensión de lo que se lee.

También, dice, mejor tomarse descansos cada cierto tiempo para poder asimilar mejor. Y, por supuesto, tratar de aprender cosas en las que uno esté interesado de alguna forma. La curiosidad genuina estimula profundizar en el conocimiento. Algo de esto también lo dice Tyler Cowen, cuando habla de tratar de responder mediante la lectura preguntas que uno ya tenía en mente,
en lugar de lanzarse a devorar volúmenes a lo loco.

En este punto es donde entra el tomar notas mientras se lee para evitar que la mente divague hasta perderse por completo. Es así como podemos dar forma a las preguntas que nos surjan
de manera natural mientras estudiamos sobre un tema concreto.

Particularmente, a veces escribo posts, a veces notas en Google Keep que cada cierto tiempo repaso. Incluso los subrayados de los libros pasan a formar parte de mi colección de notas que son útiles en el momento o lo serán en el futuro. Pasa mucho además que la memoria asociativa te trae conceptos y recursos a la mente que te ayudan a completar las notas que en ese momento estás escribiendo. Eso sí, hay que hacer un esfuerzo masivo de lectura diaria para llegar a este
punto, según mi opinión.

Yo, intento escribir posts y notas largas mientras leo, y me he dado cuenta de que funciona muy bien como refuerzo cognitivo. Shinkarenka llama en su artículo a esto, o algo parecido, metacognición.

Con la lectura en Internet, el problema que veo es que muchas veces recurrimos al escaneo de textos más que a otra cosa. Últimamente procuro ir más despacio y tratar de comprender y resumir mentalmente cada párrafo. Si leo menos cosas, no pasa nada. Si a mitad de texto o antes decido que no me interesa seguir leyendo, tampoco se muere nadie.

Shynkarenka también hace hincapié en identificar las ideas principales de lo que lee, pensar en cómo puede aplicar ese nuevo conocimiento a su vida y, también, en cómo conectan las novedades con lo que ya sabía previamente.

A la hora de recordar, también funciona bastante bien el contárselo a alguien más o imaginar que se lo explicas a alguien. Durante un paseo largo de los que me gusta dar, es un ejercicio que me ayuda mucho a recordar conceptos de forma duradera.

Restaurante Igglis, la reapertura de un clásico de Ano Póli

Como es habitual, ayer hicimos cena exploratoria de una taberna griega. En concreto, el Igglis, que lo han reabierto en el barrio de Ano Póli (en Salónica) tras una etapa de reforma del local, al que aún le falta implementar la decoración. La terraza externa es agradable, aunque nos tuvimos que conformar con una mesa en el interior, porque estaba lleno.

Esto explican en el menú, al que aún le faltan platos por aquello de la reciente apertura:

<<“Igglis es el apodo de Nea Anchialos en Salónica, porque allí se encontraba el cuartel general del ejército británico durante la Primera Guerra Mundial. Estaba habitado por inmigrantes de Rumelia Oriental. La mayoría de ellos eran productores de vino que abastecían a Salónica a principios del siglo pasado. Así, la variedad de vino que elaboraban, se conocía como “Igglis”.

La taberna “Igglis” abrió por primera vez en 1914 en la calle Platonos, a cargo del abuelo de Manolis Marmaras. A finales de los 60, su padre trasladó el negocio a su ubicación actual (Irodotou, 32)”.

En el año 2000, jóvenes no pertenecientes a la familia, se hicieron cargo de la taberna.

Desde septiembre de 2012, está bajo la actual dirección.>>

Para la cena intentamos salirnos un poco de la oferta habitual aunque, por supuesto, empezamos por el tzaziki. Muy bien presentado, este:

No podía faltar tampoco un pimiento picante, que en esta ocasión venía acompañado de cebolla roja y aceitunas. Sabroso y con la potencia justa.

Delicioso queso Graviera. Uno de mis favoritos en Grecia. En esta ocasión, la carta expone que es de leche de vaca, aunque esta variedad también puede ser de cabra, oveja o mezcla, según tengo entendido.

Unos rollitos rellenos de queso, y vegetales para dotar a la cena de algo más contundente. Lo de dentro, rico, aunque me pasa un poco con esto como con las empanadillas, que cuando van fritas me resultan muy pesadas de comer por la cantidad de aceite que absorben. La salsa, especiada y fría, en contraste con el elemento principal. Un poco plano, no me entusiasmó.

Una rica pieza hecha de carne picada de ternera y cordero con pan de pita, tomate asado y salsa de yogur para terminar.

En esta ocasión no hubo postre. Es habitual que te obsequien con uno en las tabernas cuando pagas, pero aquí de momento no se estila. Volveremos para probar más cosas cuando estén disponibles.