A veces el fútbol te dice de dónde eres

Mi relación con el fútbol es, en realidad, bastante disfuncional. Generalmente paso bastante de la información deportiva, me asomo más a los grandes eventos que al día a día de los equipos o los partidos y he perdido la capacidad para acordarme demasiado de los nombres de los jugadores. No estoy seguro de si contaría el llamado «deporte rey» entre mis intereses personales más acervados.

Y, sin embargo, la parte más tribal del fútbol, la más emocional, me atrae todavía escandalosamente. Regularmente -o con cierta frecuencia- voy a ver los partidos del PAOK de Salónica. Vivir aquí y tener un par de amigas muy forofas son obviamente dos factores que explican con bastante generosidad el apego con el que he acogido al equipo de «mi ciudad», aunque también podría haberme dado por el Aris. Lo que pasa que , como le explicaba detalladamente a otra amiga hace poco, una vez que has escogido un equipo ya no hay cambio posible. Ese es el peor de los anatemas. Uno cambia de partido político, de religión o de novia: jamás de equipo.

Lo que sí vale es añadir escuadras a la nómina personal. Por ejemplo, en la mía figuran el Real Madrid -eterno-, el Deportivo Guadalajara -que acaba de ascender a Segunda División RFEF, sea eso lo que quiera que sea- y el PAOK, que es la adquisición más reciente. Ser del equipo de la ciudad, y vivir los éxitos con el resto de aficionados está también muy relacionado con el espectáculo en directo. Sigo poco los partidos por televisión, porque el acceso en casa es complicado en estos tiempos de fútbol en cerrado y porque en el piso en el que estoy ahora no puedo conectar mi cable de antena, que necesita un adaptador que me ha dado pereza ir a buscar. Ya comprar el cable fue una aventura.

El caso es que el ascenso del Dépor lo he vivido de lejos y me ha emocionado menos que aquel de Anduva, que se antojó mítico. También puede ser porque mi desconexión con Guadalajara se ha hecho un poco más grande que de costumbre. Con la tontería llevo dos años viviendo en Thessaloniki. Lo del Madrid es religión. El equipo morado, de cuyos éxitos me sigo alegrando, siempre ha sido más algo que vivir con los amigos. Lejos de estos, y de la ciudad, la identificación y la euforia se tornan menores. Para que veais que lo bonito, en realidad, sí es participar.

Madrid, más de dos años ya sin pisar sus calles, es la Ítaca a la que siempre volver. El sitio donde nací y quizá la ciudad con la que más me siento representado. ¿De dónde soy? Es una pregunta que en realidad me hago mucho y para la que no tengo una respuesta sino variable. Depende. Hay días que hasta me veo muy cerca de Milán, donde habré pasado aproximadamente una semana y media de mi vida.

A veces soy de Madrid y no madrileño. No negaré que soy de Guadalajara en muchas ocasiones. Esporádicamente paladeo el recuerdo de Magdeburg y me veo un poco alemán. Más de Thessaloniki que griego y algunos días sueño que soy de Lisboa. Pocas veces -ninguna- me veo vestido de noruego y las más, relativamente español. No soy de ningún sitio y casi de todos con fuerza. Es agotador y liberador al mismo tiempo. ¿De dónde soy? De donde me da la gana. Y si quiero, mañana soy de otra parte. Te jodes.

Todo esto viene a cuenta de que el PAOK, contra todo pronóstico, ha hecho lo de la épica y se ha clasificado para la final de Copa nada menos que empatando en el minuto 109 en el Pireo, frente al Olympiakos, al que todos daban por megafavorito. Ganar así también ayuda a encontrarse en casa. Qué bonito es el fútbol. Hasta cuando te importa solo a ratos.

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