Recordar lo que se lee

Uno lee un libro o un artículo y, cuando termina, descubre que no recuerda gran parte de lo que ha leído, o que no ha absorbido mucho de ese conocimiento que se le presupone a la palabra escrita.

No es nada nuevo. Los libros no son especialmente eficaces como transmisores de conocimiento, en realidad.

Parece ser que más allá de enfrascarse en sesudos volúmenes, hace falta algo de método para retener un poco de la esencia de lo que leemos con intención de aprender algo nuevo.

Vasili Shynkarenka propone una fórmula que asegura que a él le funciona. Por ejemplo, está en contra de leer por objetivos del tipo “25 páginas cada día”, porque al final acaban motivando más la velocidad de lectura que la comprensión de lo que se lee.

También, dice, mejor tomarse descansos cada cierto tiempo para poder asimilar mejor. Y, por supuesto, tratar de aprender cosas en las que uno esté interesado de alguna forma. La curiosidad genuina estimula profundizar en el conocimiento. Algo de esto también lo dice Tyler Cowen, cuando habla de tratar de responder mediante la lectura preguntas que uno ya tenía en mente,
en lugar de lanzarse a devorar volúmenes a lo loco.

En este punto es donde entra el tomar notas mientras se lee para evitar que la mente divague hasta perderse por completo. Es así como podemos dar forma a las preguntas que nos surjan
de manera natural mientras estudiamos sobre un tema concreto.

Particularmente, a veces escribo posts, a veces notas en Google Keep que cada cierto tiempo repaso. Incluso los subrayados de los libros pasan a formar parte de mi colección de notas que son útiles en el momento o lo serán en el futuro. Pasa mucho además que la memoria asociativa te trae conceptos y recursos a la mente que te ayudan a completar las notas que en ese momento estás escribiendo. Eso sí, hay que hacer un esfuerzo masivo de lectura diaria para llegar a este
punto, según mi opinión.

Yo, intento escribir posts y notas largas mientras leo, y me he dado cuenta de que funciona muy bien como refuerzo cognitivo. Shinkarenka llama en su artículo a esto, o algo parecido, metacognición.

Con la lectura en Internet, el problema que veo es que muchas veces recurrimos al escaneo de textos más que a otra cosa. Últimamente procuro ir más despacio y tratar de comprender y resumir mentalmente cada párrafo. Si leo menos cosas, no pasa nada. Si a mitad de texto o antes decido que no me interesa seguir leyendo, tampoco se muere nadie.

Shynkarenka también hace hincapié en identificar las ideas principales de lo que lee, pensar en cómo puede aplicar ese nuevo conocimiento a su vida y, también, en cómo conectan las novedades con lo que ya sabía previamente.

A la hora de recordar, también funciona bastante bien el contárselo a alguien más o imaginar que se lo explicas a alguien. Durante un paseo largo de los que me gusta dar, es un ejercicio que me ayuda mucho a recordar conceptos de forma duradera.

Acabar los libros

Comenta un usuario de Reddit que cuando dejas de disfrutar un libro, lo mejor es dejarlo en ese punto, porque la vida es demasiado corta para leer libros que te aburren. Hay bastante de cierto en esto, aunque poco de nuevo. Es un tema recurrente entre los frikis de la productividad y, también, entre los bulímicos de contenidos.

Yo empecé en esas, guiado por las recomendaciones de Tyler Cowen y lo aplico desde entonces, aunque con algún matiz. La técnica funciona especialmente bien para libros de no-ficción, porque puedes ir saltando de un capítulo a otro en función de tus intereses y, también, porque muchos ensayos repiten una y otra vez las mismas ideas. En ficción es más complicado, porque el desarrollo del texto es lineal, y saltarte un capítulo implica que te pierdes parte de la trama.

En términos generales soy un lector bastante infiel. Ojeo varios títulos al tiempo, me salto lo que no me interesa –en los de no ficción, como decía- y ahora ya no me duelen prendas en dejar a medias un volumen que me aburre o no me llega. El Kindle es bastante útil en este sentido, porque generalmente te puedes descargar un fragmento de muestra que facilita al menos la labor de saber si el estilo de escritura del autor te satisface o si apunta maneras de rollo repollo. Eso sí, cuando un libro me gusta o me interesa, me pego a él como si no hubiese un mañana.

Con todo, me gusta ya un poco menos la tendencia que observo últimamente a engullir contenidos más que a disfrutarlos. De hecho también se han puesto de moda esas webs y canales de Youtube que te resumen las ideas principales en un momentillo y a otra cosa. En vez de tomarte la molestia de leer, subrayar y volver a lo que has resaltado tú mismo tras reposar y asimilar la lectura, hay quien recurre a encargar ese proceso a otro y quedarse con el bolo alimenticio ya masticado y todo. No sé si realmente funciona ese proceso a la hora de comprender las ideas que nos expone el escritor, pero se pierde buena parte de la gracia ¿no?

Pasa también con el audiovisual. Ahora Netflix nos va a dejar ver las series a toda pastilla. Para que podamos ver más, supongo. Porque cómo si no va a meterse uno entre pecho y espalda “las 60 series que no te puedes perder este verano”. Al final nos va a hacer falta un Almax después de la tercera temporada de Dark.

Librerías, Amazons y Kindles

Mientras que Jeff Bezos bate todos los récords de hacerse rico, las pequeñas librerías continúan en la batalla para defender sus negocios de la predominancia de Amazon en el mercado del libro. En UK, los libreros sueñan con una pandemia de cancelaciones del Prime mientras que animan a comprar local también en lo que a lecturas se refiere.

Yo reconozco que, ahora más que nunca, tengo Kindle-dependencia. Es la mejor forma para adquirir títulos en español o inglés a bajo precio en Grikistán y disfrutarlos a golpe de click. Entiendo el fetichismo del papel, de veras, pero con el tiempo es algo que se me ha ido pasando, excepto para los libros de cocina.

No necesito tener 300 libros al alcance de la mano en un viaje, pero es cómodo llevar varias lecturas a la vez y, además, con unas cuantas mudanzas a cuestas uno aprende que, entre lo más tostón de mover, siempre se encuentran los dichosos volúmenes. Visten mucho una casa, no os lo niego, pero si en vuestras vidas no hay una dirección fija no os aconsejo destinar una habitación a montar una biblioteca.

Criaturas del tiempo

“El tiempo”, dice Jorge Luís Borges, “es la sustancia de la que
estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy
el río.” Nuestros movimientos, nuestros actos, se prolongan
en el tiempo, al igual que nuestras percepciones, nuestros
pensamientos, el contenido de la conciencia.
Vivimos en el tiempo, organizamos el tiempo, somos criaturas del
tiempo de pies a cabeza. Pero el tiempo en que vivimos o mediante
el que vivimos, ¿Es continuo, como el río de Borges? ¿O es más comparable
a una sucesión de momentos discretos, como las cuentas de un collar?

“El río de la conciencia”. Oliver Sacks. Ed. Anagrama.

El río de la conciencia” es una colección de breves ensayos que Oliver Sacks dejó preparados para su publicación antes de morir. Había oído mucho hablar de este neurólogo y autor británico, que ejerció e investigó durante buena parte de su vida en Nueva York, y me hice con el volumen el pasado 23 de abril, día del libro. Aunque a veces sus disquisiciones científicas se me escapan por su complejidad, varios de los artículos han llegado a atraparme intensamente, como el primero -en el que habla de Darwin y su interés por la botánica- o este otro que cito al inicio del post y que da título al libro, precisamente.