Cuando llegó la pandemia ¿Estábamos ya al final de algo?

Ya estábamos al final de algo” antes de que el coronavirus pusiera nuestras vidas patas arriba. Eso es lo que cree Daniel Bernabé, al menos. El periodista y escritor ha lanzado no hace mucho un nuevo libro tras el, podríamos decir que éxito, de “La trampa de la diversidad”, un ensayo polémico en el que diseccionaba las claves por las que la izquierda, considera, no encuentra su camino en este inicio del siglo XXI.

Este nuevo título peca de lo mismo que muchos ensayos actuales: parece más un artículo alargado hasta tomar forma de libro.

En cualquier caso, lo que expone Bernabé es que la pandemia ha llegado en un momento en el que el capitalismo acusa ya el agotamiento de la revolución neoliberal y busca nuevas formas de presentarse a sí mismo o de reconstruirse ante la opinión pública, intentando dar respuesta a las inquietudes actuales del personal; que pasan por lo sanitario pero, también, por lo económico, lo climático e incluso una crisis cultural o identitaria en la que la propia legitimidad de la democracia está en tela de juicio.

El autor expresa que la política, al final, no es más que la manera en que utilizamos la ideología para moldear y dar solución a los problemas que tiene nuestra sociedad. Cuando valoramos eso de si vivimos mejor o peor que nuestros padres ¿Debemos hacerlo en función de ciertas condiciones materiales y experienciales (tecnología, acceso a ocio, viajes baratos) o debemos fijarnos en la estabilidad y las certezas que proporcionaba un estado de bienestar quizá más amplio y un trabajo de los de para toda la vida?

Al final, es más un resumen diagnóstico que una propuesta de soluciones y me ha resultado menos interesante que el anterior, que tanto ruido hizo.

Ya estábamos al final de algo, de Daniel Bernabé.

El método Zettelkasten te ayuda a tomar notas inteligentes

Hace poco estuve leyendo “El método Zettelkasten“, un libro de Sönke Ahrens que explica cómo el sociólogo Niklas Luhman tomaba notas y, posteriormente, las archivaba. De esta forma, podía relacionar unas con otras y así generar nuevas ideas de forma casi constante.

Luhman desarrolló una brillante carrera académica a partir de esta manera particular de analizar, clasificar y reflexionar sobre lo que leía, hasta acumular unas 90.000 notas en su Zettlekasten. Este, no es si no el término alemán para nuestro “fichero”.

Relacionar ideas diversas para crear otras

El asunto, en cualquier caso, no está tanto en la labor archivera como en el hecho de relacionar las ideas para crear otras diferentes. El argumento de Ahrens, en este caso, es que para poder pensar mejor es necesario contar con una estructura de datos externa a nuestro limitado cerebro.

Si quieres entender algo, es necesario escribirlo y expresarlo con tus propias palabras. Esto es de una gran ayuda para nosotros a la hora de procesar una información nueva de forma efectiva. Combinar diferentes técnicas de toma de notas y estudio solo lleva al caos, según expone el autor del método Zettelkasten, que tan solo tiene 189 páginas.

El método Zettelkasten propone una combinación de notas bibliográficas, temporales y finales que, en mi caso, no me resulta práctico para la escritura de posts, pero entiendo que es básica para una investigación académica. Yo, para variar, adapto cualquier cosa a mis circunstancias y a mis apetencias. Las notas temporales las hago en Google Keep, mientras que para el archivo utilizo un programa Open Source, llamado Zettlr.

La parte interesante para mí es la de sacar ideas de las notas después de una lectura y, luego, desarrollar cada una de ellas en una nota final e independiente. Luego de eso, el borrador de anotaciones temporales se puede desechar.

Más que escribir y subrayar citas, hay que resumir y pensar en las ideas y argumentos que propone el texto, así como ver por qué pueden ser importantes y cómo encajan con otras que ya se conocen de otras lecturas, investigaciones o experiencias.

Trabajar con palabras clave

En vez de pensar como un archivero, que clasifica y guarda las ideas en un espacio temático específico, un escritor tiene que dilucidar cómo va a utilizar esas ideas en futuros trabajos. Aquí es importante la asignación de palabras clave, que debe estar mayoritariamente asociada a esta función elaborativa, en lugar de clasificatoria. Es decir, que tenemos que asignar palabras clave que ya nos sugieran ideas o preguntas con las que luego podamos trabajar.

Para decidir sobre qué tema escribir, únicamente tienes que fijarte dónde has ido anotando ya grupos de notas entrelazados. A partir de ahí, puedes organizar ideas, hacer un sumario, ver qué huecos hay en el argumentario o dónde tienes que ampliar o desarrollar nuevas ideas.

En líneas generales se trata, como siempre, de buscar lagunas en tu conocimiento para poder rellenarlas convenientemente. También de leer cosas dispares que puedan llevarte por caminos desconocidos e imaginativos.

Os recomiendo que le echéis un vistazo a la página web de Ahrens, que hace referencia directa a la toma de notas inteligentes y, además, sugiere software variado para completar tu propio Método Zettelkasten.

Instagram sin filtros, la historia mejor contada

Cuenta Sarah Frier en “Sin filtro: la historia secreta de Instagram“, que Mark Zuckerberg -el omnipotente CEO de Facebook- quedó tan afectado por haber perdido una partida de Scrabble “con la hija adolescente de un amigo”, que diseñó él mismo un programa que le mostrase todas las combinaciones de palabras posibles que usar con sus letras en el juego.

Es un libro que merece realmente la pena si te interesan saber más de cómo funciona por dentro el mundo del desarrollo de aplicaciones, la tecnología y Silicon Valley. Un compendio de egos y traiciones que casaría bien en los viñedos de Angela Channing, la mala, malísima de Falcon Crest. Una serie que igual vosotros no recordáis, pero que yo veía con mi abuela de pequeño.

Kevin Systrom, uno de los cofundadores de Instagram, que acabaría abandonando la empresa años después de la compra por parte de Facebook, quería en principio hacer una aplicación para frikis del Bourbon. Después, aquello evolucionó y terminó convirtiéndose en otro proyecto diferente hasta que, el 16 de julio de 2010, se publicó “la primera foto publicada en la aplicación que se convertiría en Instagram”, expone Frier con excelente habilidad narrativa.

Mostrar la belleza en el mundo

Lo más interesante es que, aunque Systrom tenía unos objetivos más o menos idealistas -y algo pretenciosos- para Instagram, en plan “mostrar la belleza en el mundo”, la dinámica empresarial y, también la de los propios usuarios, terminó proponiendo un destino bien diferente. Así lo explica la periodista de Bloomberg en su libro:

“[…] los filtros, usados en masa, darían a los instagrameros carta blanca para que presentaran su realidad más interesante y hermosa de lo que realmente era. Eso fue justo lo que consiguió que el producto se hiciera popular”.

Sin filtro: la historia secreta de Instagram“, de Sarah Frier.

El comportamiento de los usuarios y la influencia de Facebook es lo que terminó moldeando Instagram hasta convertirse en lo que es hoy. Sea eso lo que sea. Hay pasajes muy seductores en el libro, como el proceso que lleva a la división encargada de la app -capitaneada por el propio Systrom y que disfrutaba de cierta independencia- a desarrollar las Instagram Stories, para neutralizar la amenaza de Snapchat.

Aparece también el concepto de “canibalización”, como uno de los mayores miedos en Facebook. El hecho de que el desarrollo innovador de una app se coma a otra. O el pánico a que la ausencia de novedades relevantes termine llevando el producto a la obsolescencia absoluta (el efecto Myspace).

Influencers de fuera e influencers de dentro

Asimismo se ve reflejada la aparición de los influencers. Si bien Systrom realizó una potente campaña en un inicio para atraer artistas y diseñadores a usar Instagram -que incluso aportaron los primeros filtros-, fueron los famosos los que le dieron el espaldarazo definitivo hasta que la app fue “tan fuerte y valiosa que ni los anuncios ni otras molestias” asustan a los usuarios y, ya entonces sí, se puede pensar en la monetización.

Es llamativo cómo el libro plasma la convivencia de los influencers famosos previamente, y los que se crearon en la propia red social. Gente que descubre cómo aumenta su popularidad y sus ingresos gracias a la app y crean una auténtica estructura, vamos a decir creativa, en torno a su presencia en Instagram.

“Antes de ir a un país, buscan las mejores localizaciones para las fotos, investigan en las cuentas de Instagram de fotógrafos locales y buscan poses que no se hayan fotografiado antes”, detalla Frier sobre una pareja de jóvenes influyentes que descubrieron que las imágenes que publicaban tenían tirón durante su luna de miel.

You are fake news

Por si fuera, poco “Sin filtro”, trata la aparición del debate sobre las noticias falsas y la espiral de odio que ahora, por fin, Facebook parece al menos tímidamente decidida a atajar. “Recompensar el contenido que alimentaba las emociones de los usuarios ayudó a crear toda una industria alrededor de las noticias falsas”, considera Frier que realiza también una acertada reflexión:

“Las redes sociales no solo son un reflejo de la naturaleza humana. Son una fuerza que define la naturaleza humana a través de incentivos integrados en el diseño de los productos”.

Sin filtro: la historia secreta de Instagram“, de Sarah Frier.

Si estáis sin lectura estos días, y os interesa la tecnología y el proceso creativo y empresarial en Silicon Valley, os recomiendo que os hagáis con este repaso periodístico al nacimiento y ascenso de Instagram.

Mis libros favoritos en 2020

Hoy han salido dos listas de libros recomendables. Una es la de Maria Popova. Extensa y variada, como de costumbre.

La otra es la de The Paris Review. Y con estas ya tenemos lectura para lo que nos queda de vida.

No he leído demasiado este año y tampoco muchas cosas relevantes. Ha sido un 2020 raro, también en la cosa lectora. Entre mis libros favoritos, disfruté mucho la biografía de Phillip K. Dick que escribió Carrere.

También leí a Sally Rooney para no ser el único en el mundo que no lee a Sally Rooney. Me gustó “Conversaciones con amigos”, así que buscaré la forma de hacerme con “Gente normal”. Echo de menos la maravillosa biblioteca de Guadalajara.

Aprovecho para recordaros que la biblioteca de Guada tiene una mesa de novedades que deberíais visitar con extrema religiosidad.

En Thessaloniki, aún no he podido visitar la biblioteca con tanta pandemia. Espero que tengan una buena colección en inglés. En Public, que ya os he contado alguna vez que es como la FNAC de aquí, tienen bastante oferta, pero me gustaría evitar comprar libros físicos por el momento.

Además de esos dos, también puedo recomendaros la biografía de Leonardo da Vinci que publicó Walter Isaacson. Muy amena y bien explicada. Y, para terminar ,”How to do nothing“, de Jenny Odell, aunque el último tramo del libro me interesó menos.

Otros libros que he leído en este año

  • “De cero a uno”, de Peter Thiel. Qué ego de dimensiones cósmicas tiene este señor, la verdad.
  • “El cielo según Google”, de Marta Carnicero.
  • “No tengo tiempo”, de Jorge Moruno”.
  • “Vida 3.0”, de Max Tegmark.
  • “Mis viajes con Epicuro”, de Daniel Klein. Bastante entrañable, aunque me dijo poco más.
  • “The fine art of confident conversation”. Esperaba otro desarrollo.
  • “Me cago en Godard”, de Pedro Vallín. Se lee bastante rápido y me llamó la atención el punto de vista. Coincido bastante en que hay mucha pose y divismo en el cine de autor.
  • “El sutil arte de que (casi) todo te importe una mierda”, de Mark Manson. Suelo leer el blog de Manson y compré el libro para Kindle. Me entretuvo y, con él, pague mi cuota anual de libros de desarrollo personal.
  • “The age of the infovore”, de Tyler Cowen. Aunque venía yo buscando otra cosa aquí, suelo leer Marginal Revolution, el blog de Cowen y me interesó parte de esta visión diferente sobre el autismo.
  • “Notas desde mi cabaña de monje”, de Kamo No Chomei. De este ya he hablado alguna vez en el blog. Ayer, sin ir más lejos.
  • “El amor dura tres años”, de Frederic Beigbeder. Me gustó más “13,99 euros”. Pero igual es porque estoy en un momento de menor cinismo en mi concepción del amor.

Ahora estoy leyendo “Sin filtro: la historia secreta de Instagram“, de Sarah Frier. Estoy bastante sumergido en la movida que cuenta, desde el principio de los tiempos de la red social. Pero no os digo nada más hasta que no lo termine.

Mejores libros de cocina de 2020 (y yo que me alegro)

El otro día hablábamos de listas de series y películas y hoy toca comentar algunas de las selecciones que han aparecido ya para mejores libros de cocina de 2020. En concreto, de momento me he fijado en las de Wired, Forbes y The Guardian. En España, si han llegado, aún no las he visto.

Los libros de cocina son uno de esos géneros que de verdad me gustan en papel mucho más que en digital. No solo porque el nivel de las ediciones en los últimos años es muy alto y predominan los volúmenes magníficamente diseñados y bonicos del tó, sino porque el formato facilita la consulta rápida frente a, por ejemplo, el Kindle.

Digo esto con pinzas, porque a veces es un rollo conseguir los libros americanos físicamente y hay que recurrir al formato electrónico para algunas consultas, aunque la experiencia no sea la misma.

Recetarios del mundo y viejos conocidos

Sigue habiendo mucho libro de cocina étnica, con sus platos tailandeses, indios, cubanos, etc. Cualquier país que se precie, tiene un libro editado en tapa dura por Phaidon. Si me tuviese que decantar por cocinar o comprar ahora recetarios de algún continente, iría por Asia, pero si fuera un país, en cambio, me gustaría más México. Cosas de las contradicciones humanas.

The Guardian apunta este año más hacia Oriente Medio (tanto Palestina como Israel) e Indonesia, aunque no falta, por supuesto, Yotam Ottolenghi, el Zizek de las cocinas, porque produce una cantidad de libros que ni en tres vidas te da para leerlos todos. Aún así, en algún momento me tendré que introducir en su universo culinario, porque he oído buenas referencias de gente en la que confío.

También está Nigella Lawson, que es otra referencia habitual en las listas. Cook, eat, repeat, se llama el último invento, que mezcla recetas y ensayos sobre comida.

En Forbes han decidido presentar una lista categorizada de los mejores libros de cocina de 2020 (con bien de links de referidos a Amazon). México y Corea tienen sus propias categorías, pero lo que más me ha gustado es que hay una específica pandemic-friendly que premia a un libro de recetas con legumbres de Joe Yonan, periodista gastronómico del Washington Post. Por supuesto, también hay una categoría para vegetarianos/veganos, en estos tiempos donde el consumo de carne está en entredicho.

El título de Yonan también está en la selección de seis títulos de Wired, que ha elegido asimismo un recetario de la India, un libro back to basics (que siempre vienen bien) y un ejemplar para niños, que también tienen derecho a cocinar.

Separado de mis libros: el musical

Cuando me vine a Grecia tuve que dejar en España mi colección de libros cocineriles. Los echo de menos sin medida, la verdad. Y aquí no compro ninguno porque luego hay que cargar con ellos, que esa es otra. La vida del emigrante tiene que ser ligera, porque si no acabas transportando tu síndrome de Diógenes por toda Europa.

Aún así, creo que estas Navidades me voy a dar un homenaje en este aspecto. En Public -una especia de FNAC que tenemos aquí- tienen una buena selección de títulos en inglés. Mal se tiene que dar para que no acabe un colorido tocho en mi piso. Igual este año es el de darle una oportunidad a Ottolenghi. Total, con esto de la pandemia, ya no está de moda lo de ser minimalista.

Recordar lo que se lee

Uno lee un libro o un artículo y, cuando termina, descubre que no recuerda gran parte de lo que ha leído, o que no ha absorbido mucho de ese conocimiento que se le presupone a la palabra escrita.

No es nada nuevo. Los libros no son especialmente eficaces como transmisores de conocimiento, en realidad.

Parece ser que más allá de enfrascarse en sesudos volúmenes, hace falta algo de método para retener un poco de la esencia de lo que leemos con intención de aprender algo nuevo.

Vasili Shynkarenka propone una fórmula que asegura que a él le funciona. Por ejemplo, está en contra de leer por objetivos del tipo “25 páginas cada día”, porque al final acaban motivando más la velocidad de lectura que la comprensión de lo que se lee.

También, dice, mejor tomarse descansos cada cierto tiempo para poder asimilar mejor. Y, por supuesto, tratar de aprender cosas en las que uno esté interesado de alguna forma. La curiosidad genuina estimula profundizar en el conocimiento. Algo de esto también lo dice Tyler Cowen, cuando habla de tratar de responder mediante la lectura preguntas que uno ya tenía en mente,
en lugar de lanzarse a devorar volúmenes a lo loco.

En este punto es donde entra el tomar notas mientras se lee para evitar que la mente divague hasta perderse por completo. Es así como podemos dar forma a las preguntas que nos surjan
de manera natural mientras estudiamos sobre un tema concreto.

Particularmente, a veces escribo posts, a veces notas en Google Keep que cada cierto tiempo repaso. Incluso los subrayados de los libros pasan a formar parte de mi colección de notas que son útiles en el momento o lo serán en el futuro. Pasa mucho además que la memoria asociativa te trae conceptos y recursos a la mente que te ayudan a completar las notas que en ese momento estás escribiendo. Eso sí, hay que hacer un esfuerzo masivo de lectura diaria para llegar a este
punto, según mi opinión.

Yo, intento escribir posts y notas largas mientras leo, y me he dado cuenta de que funciona muy bien como refuerzo cognitivo. Shinkarenka llama en su artículo a esto, o algo parecido, metacognición.

Con la lectura en Internet, el problema que veo es que muchas veces recurrimos al escaneo de textos más que a otra cosa. Últimamente procuro ir más despacio y tratar de comprender y resumir mentalmente cada párrafo. Si leo menos cosas, no pasa nada. Si a mitad de texto o antes decido que no me interesa seguir leyendo, tampoco se muere nadie.

Shynkarenka también hace hincapié en identificar las ideas principales de lo que lee, pensar en cómo puede aplicar ese nuevo conocimiento a su vida y, también, en cómo conectan las novedades con lo que ya sabía previamente.

A la hora de recordar, también funciona bastante bien el contárselo a alguien más o imaginar que se lo explicas a alguien. Durante un paseo largo de los que me gusta dar, es un ejercicio que me ayuda mucho a recordar conceptos de forma duradera.

Acabar los libros

Comenta un usuario de Reddit que cuando dejas de disfrutar un libro, lo mejor es dejarlo en ese punto, porque la vida es demasiado corta para leer libros que te aburren. Hay bastante de cierto en esto, aunque poco de nuevo. Es un tema recurrente entre los frikis de la productividad y, también, entre los bulímicos de contenidos.

Yo empecé en esas, guiado por las recomendaciones de Tyler Cowen y lo aplico desde entonces, aunque con algún matiz. La técnica funciona especialmente bien para libros de no-ficción, porque puedes ir saltando de un capítulo a otro en función de tus intereses y, también, porque muchos ensayos repiten una y otra vez las mismas ideas. En ficción es más complicado, porque el desarrollo del texto es lineal, y saltarte un capítulo implica que te pierdes parte de la trama.

En términos generales soy un lector bastante infiel. Ojeo varios títulos al tiempo, me salto lo que no me interesa –en los de no ficción, como decía- y ahora ya no me duelen prendas en dejar a medias un volumen que me aburre o no me llega. El Kindle es bastante útil en este sentido, porque generalmente te puedes descargar un fragmento de muestra que facilita al menos la labor de saber si el estilo de escritura del autor te satisface o si apunta maneras de rollo repollo. Eso sí, cuando un libro me gusta o me interesa, me pego a él como si no hubiese un mañana.

Con todo, me gusta ya un poco menos la tendencia que observo últimamente a engullir contenidos más que a disfrutarlos. De hecho también se han puesto de moda esas webs y canales de Youtube que te resumen las ideas principales en un momentillo y a otra cosa. En vez de tomarte la molestia de leer, subrayar y volver a lo que has resaltado tú mismo tras reposar y asimilar la lectura, hay quien recurre a encargar ese proceso a otro y quedarse con el bolo alimenticio ya masticado y todo. No sé si realmente funciona ese proceso a la hora de comprender las ideas que nos expone el escritor, pero se pierde buena parte de la gracia ¿no?

Pasa también con el audiovisual. Ahora Netflix nos va a dejar ver las series a toda pastilla. Para que podamos ver más, supongo. Porque cómo si no va a meterse uno entre pecho y espalda “las 60 series que no te puedes perder este verano”. Al final nos va a hacer falta un Almax después de la tercera temporada de Dark.

Librerías, Amazons y Kindles

Mientras que Jeff Bezos bate todos los récords de hacerse rico, las pequeñas librerías continúan en la batalla para defender sus negocios de la predominancia de Amazon en el mercado del libro. En UK, los libreros sueñan con una pandemia de cancelaciones del Prime mientras que animan a comprar local también en lo que a lecturas se refiere.

Yo reconozco que, ahora más que nunca, tengo Kindle-dependencia. Es la mejor forma para adquirir títulos en español o inglés a bajo precio en Grikistán y disfrutarlos a golpe de click. Entiendo el fetichismo del papel, de veras, pero con el tiempo es algo que se me ha ido pasando, excepto para los libros de cocina.

No necesito tener 300 libros al alcance de la mano en un viaje, pero es cómodo llevar varias lecturas a la vez y, además, con unas cuantas mudanzas a cuestas uno aprende que, entre lo más tostón de mover, siempre se encuentran los dichosos volúmenes. Visten mucho una casa, no os lo niego, pero si en vuestras vidas no hay una dirección fija no os aconsejo destinar una habitación a montar una biblioteca.

Criaturas del tiempo

“El tiempo”, dice Jorge Luís Borges, “es la sustancia de la que
estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy
el río.” Nuestros movimientos, nuestros actos, se prolongan
en el tiempo, al igual que nuestras percepciones, nuestros
pensamientos, el contenido de la conciencia.
Vivimos en el tiempo, organizamos el tiempo, somos criaturas del
tiempo de pies a cabeza. Pero el tiempo en que vivimos o mediante
el que vivimos, ¿Es continuo, como el río de Borges? ¿O es más comparable
a una sucesión de momentos discretos, como las cuentas de un collar?

“El río de la conciencia”. Oliver Sacks. Ed. Anagrama.

El río de la conciencia” es una colección de breves ensayos que Oliver Sacks dejó preparados para su publicación antes de morir. Había oído mucho hablar de este neurólogo y autor británico, que ejerció e investigó durante buena parte de su vida en Nueva York, y me hice con el volumen el pasado 23 de abril, día del libro. Aunque a veces sus disquisiciones científicas se me escapan por su complejidad, varios de los artículos han llegado a atraparme intensamente, como el primero -en el que habla de Darwin y su interés por la botánica- o este otro que cito al inicio del post y que da título al libro, precisamente.