Bilingüismo chapuza en la educación de los niños

El dominio de la lengua materna es fundamental para la expresión del individuo en su sentido más profundo, mientras que el conocimiento del idioma de otro país, aunque pueda ser beneficioso a muchos niveles, tiene una función principal como herramienta de comunicación, especialmente en el terreno laboral.

Lo digo porque he visto hoy el documental -disponible íntegro en YouTube- titulado “La chapuza del bilingüismo“. La pieza, rodada con medios humildes, aunque armada sobre testimonios de valor, alerta sobre los efectos de este programa educativo, pionero en 2004 en la Comunidad de Madrid, y luego extendido a escuelas e institutos de otras comunidades. Castilla-La Mancha, por ejemplo, aunque un buen número de centros ha dado marcha atrás por no estar convencidos del desarrollo y resultados de la iniciativa.

El dominio e influencia de la cultura anglosajona en las sociedades occidentales es obvio. Y el aprendizaje del idioma inglés no está apartado de la asimilación de otros muchos hitos culturales -hola, Halloween– que hemos digerido casi todos sin empacho.

La dificultad para los alumnos de entender conceptos complejos en otro idioma

Mi impresión al ver el documental y, también a tenor de algún caso que conozco -nada científico, como ven- es que uno de los principales problemas que presenta la idea de impartir la casi totalidad de las materias en inglés -se salvan matemáticas y lengua- radica en que debe ser bastante difícil transmitir conceptos complejos a un alumnado que no domina el inglés.

Una cosa es recordar “listas de palabras” y términos ingleses, como expone uno de los participantes en “La chapuza del bilingüismo”, y otra es llegar a comprender ideas y principios abstractos que ya de por sí son difíciles de entender en español. Tiene su gracia, en estos tiempos en los que la memorización es un concepto tan denostado.

Entiendo que resulta mucho más complejo desarrollar un relato sólido sobre, por ejemplo, una época histórica, en una lengua que no es la tuya, para un alumnado que no es nativo y cuya vida fuera de la escuela no es en inglés. Alumnos que no comprenden lo que se les dice y profesores que, incluso aunque sean capaces de expresarse en ese idioma, no se sienten suficientemente seguros al hacerlo o, como poco, no del mismo modo en el que se sienten cuando enseñan en español.

Perjuicio de la motivación y segregación en el programa de bilingüismo

También mencionan los docentes entrevistados para el documental, los problemas de motivación que genera el programa bilingüe, tanto entre los alumnos como entre el profesorado, que ve complicada la labor de despertar en los chavales el interés por aprender, cuando las clases y los contenidos, que ya de por sí requieren un esfuerzo de asimilación, se convierten en una carrera de obstáculos lingüística.

No hay que olvidar la edad de estos chicos en colegios e institutos, que todavía están en fase de desarrollar recursos propios en su lengua materna. Los alumnos que tienen dificultades para hablar en inglés terminan por tener también complicaciones en cualquier otra asignatura de las que hay que cursar en inglés.

Y, para terminar, ambas partes de la ecuación en el aula sufren el efecto de segregación que se produce; primero porque se separa a los estudiantes progresivamente, de acuerdo a su nivel de rendimiento académico en la lengua inglesa y desatendiendo a aquellos que tienen necesidades especiales, o cuyo estrato socioeconómico dificulta su vida escolar.

Segundo, porque esa distinción en sentido negativo, también se da entre el profesorado, a nivel de salarios -hay un extra para quien imparte la totalidad de sus horas en inglés- así como también de falta de reconocimiento de los méritos y capacidades como enseñantes, en beneficio de un criterio que prima el dominio de la lengua foránea.

Expresarse en castellano

Un dominio que, como decía al principio. quizá le dé a los alumnos ventajas laborales -está en entredicho la eficacia del programa de bilingüismo-, pero no les ayudará a desarrollar su expresión en castellano, que es el idioma en el que inevitablemente querrán ahondar en la comunicación consigo mismos y con el resto de españoles.

Es muy importante y bonito aprender inglés. O alemán, o griego. Pero también lo es no olvidarse de nuestra lengua. Llama la atención, que entre tanta exaltación de otros símbolos nacionales, algunos quieran olvidarse del que, por fuerza, más nos une a todos.

Pobres en tiempo (y en dinero) y ricos en ansiedad

El otro día estuve leyendo este artículo de Oliver Burkeman en The Guardian, que se titula “Por qué la gestión del tiempo nos está arruinando la vida”. O traducido de otro modo, por qué la economía de la atención y la era de la productividad personal son poco compatibles con la felicidad y mucho con la ansiedad.

También hace poco, me desahogué en Twitter contra el rollo macabeo de la formación permanente. Una mentira cochina de nuestros días que, como casi todo, ha terminado por ser un mantra de guruses, coaches y otras gentes de mal vivir en el mundo del marketing y los recursos humanos.

Buena parte de la ansiedad de nuestros días viene de esa necesidad permanente de estar al día. Para ello, hay que utilizar una gran cantidad de nuestro recurso más preciado, que es el tiempo. Un tiempo que, además ha de ser “productivo” en el sentido más economicista posible, puesto que de no serlo, nos dicen, lo estaríamos tirando a la basura.

Actualización permanente y culpa

El discurso de la actualización permanente (el “reciclaje”, como si fueses un residuo que un día sirvió y ahora hay que fabricar de nuevo) no sólo se circunscribe al ámbito laboral, sino también al del ocio, el sentimental y, prácticamente a casi cada ámbito de nuestras vidas. Lo viejo ya no vale y, además, cada vez está más próximo. De esto me di cuenta hablando con una amiga de 21 años que me estaba contando acerca de una película “antigua”: ¡De 2012, nada menos!

En “La sociedad del cansancio”, el filósofo Byung Chun Hal dice que “la sociedad del siglo XXI ya no es disciplinaria, sino una sociedad de rendimiento” que “produce depresivos y fracasados”. Un montón de gente alienada por “los proyectos, las iniciativas y la motivación”, donde el invididuo acaba sumido en “el reproche de sí mismo y la autoagresión”.

Ese sentimiento de culpa termina por no dejarte incluso disfrutar una película de esas que has tardado dos horas en seleccionar, de entre la interminable avalancha que ofrecen las plataformas de contenido. ¿Dos horas de metraje? ¿Puedo permitirme no ser productivo tanto tiempo? ¿Si veo esta película, no me estaré perdiendo tantas otras? ¿No debería estar apuntándome al curso de “inserte aquí el próximo deberíaserunaasignaturaobligatoriaenelinstituto“?

El mercado laboral no funciona

Pero lo que yo venía aquí a decir es que el mercado laboral es un cráter humeante en el que se potencian todos estos males. Detrás de toda esa búsqueda de significado y de mensajes motivadores en LinkedIN, no se oculta otra cosa que la frustración por la falta de oportunidades razonables. O sea, que estamos en la mierda.

Una búsqueda de ofertas de trabajo por Internet, te deja exhausto. Los reclutadores reclaman posiciones, generalmente floreadas de términos en inglés, que no sabes ni qué función tienen. Apenas se especifican salarios y condiciones y, en su lugar, se detallan una nutrida cantidad de habilidades que los postulantes deben atesorar para acceder, tan sólo, a que se dignen a entrevistar a los candidatos.

Ya no es sólo la experiencia o la tan manida “capacidad de trabajo en equipo”, sino que leer en estos días los detalles de una posición laboral requiere casi de una piedra Rosetta y una consulta en Google para entender el software específico del que te están hablando y que esperan que traigas sabido de casa. Ese hoy. Mañana, otro.

Las empresas han decidido que no quieren pagar por la formación de sus empleados, ni tampoco gastar ni un minuto en enseñarles. De modo, que esperan que vengas aprendido. Que hayas hecho un MOOC, por ejemplo. Ya sabes, uno de esos cursos online que venían a traernos el maná de la educación superior gratuita, pero que ahora se agrupan en certificados y te cobran una tarifa plana al mes. Yo también los hago, no te preocupes. Y yo también los dejo a medias porque tengo que atender mi vida personal. Preocúpate aún menos.

¿Cómo no autoagredirte ni cuestionar tus capacidades si jamás das el perfil? Los expertólogos te dicen que cambies todo el rato tu CV, que tengas siete, y al tiempo que tienes que tener claro lo que quieres (un horario y un salario decentes, gracias) y poner las keywords adaptadas a cada puesto. Claro que sí, guapi, un esfuerzo titánico en una sola oferta para que, por menos de ná, te descarte un algoritmo sin miramientos.

DISCLAIMER: a ver, si encuentras una oferta te gusta mucho, esfuérzate, no seas tarugo. Pero ya tu sabes.

El trabajo ya no puede ser el centro de nuestras vidas

Lo que pasa es que -fuera de los sectores verdaderamente esenciales- apenas hay trabajo, porque ya no hace falta y menos que va a hacer… Y además, a muchos les cuesta imaginarse un futuro sin él. Porque para eso hay que dejar de ser una sociedad trabajocéntrica y desarrollar un sistema educativo muy potente, que ayude a todo el mundo a disfrutar verdaderamente del tiempo libre.

Individuos que desarrollan una vida interior y no se aburren. Gente que pasa de tener una carrera laboral que le aparte de los suyos. Reparto del trabajo real y de la riqueza. Una pista: al club de los andorranos no le va a gustar.

Y de la demencia que es el mercado inmobiliario, hablamos otro día.

Vivir tranquilo, en tiempos convulsos, es tener un balcón

Me gusta vivir tranquilo y sin preocupaciones; necesito poco. Uno de mis mayores placeres en esta vida es levantarme por la mañana, no muy tarde, y leer la prensa con un café, en silencio.

Es un momento irrepetible en el día, y me ayuda a empezar con energía. En Grecia, hasta tengo el lujo de tener un balcón. En España ahora te hacen las casas sin balcones. Lo mismo, para que no aplaudas a quien no debes.

No aspiro a nada, ni codicio nada; mi único deseo es vivir tranquilo; mi único placer consiste en no ser molestado“, decía Kamo No Chomei en sus notas desde la cabaña de monje que se construyó en plena foresta. Todo un lujo, llevar una vida tranquila y sencilla, sin que te interrumpan las notificaciones.

Pese a vivir en el siglo XII, el japonés ya sabía bastante de cómo iba a ir la pandemia en el XXI. “Yo creí que se volverían más piadosos” -escribió sobre los hombres de su época- “pero los días y los meses pasaron y, ahora, después de algunos años, ya no se habla más de todo aquello”. Tampoco nosotros nos hemos vuelto mejores, pese a las promesas de marzo. Posiblemente, tampoco peores.

Se puede ser feliz con poco, estoy convencido. Lo cual no es lo mismo que esa visión bucólica del pobre feliz. Igual habría que decir que se puede ser feliz con lo que hace falta, que es más la compañía de los tuyos y menos los objetos de los que alardear. “Miserable polvo”, si hacemos caso al poeta japonés.

Si algo podemos apreciar después de este confinamiento, que parece no acabarse nunca, es que poco hay más valioso que el simple hecho de salir a la calle. El mero contacto con el aire de fuera. Mi balcón da a un patio interno, pero es amplio y soleado. La vista es destartalada, hay dejadez en la parte baja y, sin embargo, excelso esmero en los estrechos huertos y jardines a la derecha, que algunos vecinos se afanan en cuidar y que ahora lucen adornos de Navidad.

Los hermosos paisajes no tienen dueño, de modo que nada puede impedirnos deleitarnos con ellos“.

Kamo Na Chomei. “Notas desde mi cabaña de monje”.

Nadie resumió mejor cómo ser feliz que la poetisa Mary Oliver. Nos dejó las instrucciones y todo: “pon atención, asómbrate y cuéntalo”. Schopenhauer, que era más pragmático, se centraba en que el noventa por ciento de nuestra felicidad depende de la salud. Me gusta sentarme en mi balcón por las mañanas y pensar que tengo un poco de ambos. Contemplo el granado, que ya ha perdido las hojas, y me alejo un rato de nuestro modelo de ocio y de trabajo actual, que invita a la ansiedad.

Vivir tranquilo en tiempos convulsos es, sin duda, tener un balcón.

El impacto de la nueva comunidad siria en Alemania

Los sirios se han convertido en la mayor comunidad musulmana en Alemania después de los turcos. Si en 2010 eran alrededor de 30.000, ahora mismo la población con ese origen ha llegado ya casi a 800.000 ciudadanos, la mayoría refugiados de la guerra civil que vive el país desde hace años.

“Después de casi nueve años de guerra civil, la situación en Siria es desastrosa, especialmente en las regiones cercanas a Idlib y Aleppo, con los combates todavía en curso. Los observadores internacionales alertan de una hambruna catastrófica, y Siria está sufriendo una crisis económica masiva que se ve ahora exacerbada por las consecuencias de la pandemia”

Lo estaba leyendo en un reportaje en Der Spiegel, que comenta que muchos sirios llevan ya tanto tiempo en Alemania que podrán obtener la residencia permanente si demuestran estar bien integrados en la sociedad germana. Dejarán además de ser considerados refugiados.

Un dato: entre 2015 y 2018, las mujeres sirias han dado a luz a 65.000 bebés en Alemania. Está bien leer el reportaje para ver varios ejemplos de cómo estas personas tratan de abrirse un hueco en el centro de la UE y continuar con sus vidas con el recuerdo de la guerra en mente.

Vía Der Spiegel.

La difícil economía romántica

“Salir con alguien es difícil. Caro. Requiere mucha preparación. Incertidumbre. Toma de riesgos. Profundamente. Con frecuencia implica drama. Necesita autoconsciencia. Requiere labia. Necesita negociaciones no verbales y construcción de confianza. Necesita ajustar valoraciones y expectativas. Funciona mejor en redes humanas extendidas. Implica aplazar la gratificación. Supone una importante inversión inicial con un rendimiento incierto. Y tiene una alta tasa de fracaso.

Ya sabes, perfecto para la sociedad actual.”

Un comentario de un tal McMike que me ha parecido bastante significativo al hilo de este post de Tyler Cowen en el que destaca un fragmento de este otro artículo del Washington Post sobre gente joven soltera en Estados Unidos.

Aparte de que el mercado siempre haya estado regulero, mucho también tendrá que ver igual esta sociedad de la permanente insatisfacción y la ansiedad por exceso de opciones que estamos construyendo.

Sexualidad femenina


“No creo que en este momento haya una mercancía con un mercado más extenso que la sexualidad femenina. Hay más paginas en la prensa dedicadas a la sexualidad femenina que a nada. Dudo mucho que una agencia de publicidad pudiera subsistir si no fuera explotando sexualmente a las mujeres. O dicho de una manera todavía más concentrada: el sexo se ha convertido en una obsesión, tanto para la derecha como para la izquierda.”

Félix de Azúa (Entrevista en El Confidencial. 15-02-2019

Félix de Azúa habla sobre el sexo como mercancía y el feminismo al final de esta entrevista en El Confidencial. Los comentarios que hace sobre política me interesan más bien poco, pero lo que dice sobre la historia del arte y las vanguardias da para una buena conversación.

Sobre el Guernica y Picasso, lo que me ha recordado es el más que recomendable documental sobre el escultor polaco Szukalski –en Netflix– y los comentarios que hacía este sobre el malagueño. Picasshole, le llamaba.

El mercado del sexo


“[…]El sexo se ha convertido en un mercado hipereficiente y desregulado, y, como cualquier mercado hipereficiente y desregulado, con frecuencia hace que la gente se sienta muy mal”.

jia talentino. the new yorker. 15-05-2018.

Un oscuro descenso a las cloacas de Internet para hablar de “la rabia de los Incel” (célibes involuntarios) en The New Yorker.

En el Institute for Family Studies (IFS), sin embargo, esgrimen que este “movimiento” que proclama estarse quedando fuera de las relaciones sexuales porque las mujeres les desestiman como candidatos, está equivocado en sus razonamientos. ¿Hay un 20% de hombres que practican el 80% de las relaciones sexuales (un Pareto en toda regla) mientras que el resto se quedan a verlas venir? Va a ser que no se sostiene mucho el argumento.

Los americanos tampoco encuentran pareja (o tampoco la quieren)

Cerca de la mitad de los estadounidenses entre los 18 y los 34 años – el 51%- contestaron que no tienen una pareja estable, de acuerdo con una encuesta publicada esta semana. Esa cifra de 2018 es significativamente superior al 33% reflejado en 2004 -la más baja desde que la pregunta se hizo por vez primera en 1986- y un poco mayor que el 45% de 2016.

Washington post – lisa bonos and emily guskin

El artículo completo, con más datos, en el Washington Post. Este tema, junto con el de los japoneses que no tienen sexo, está ahora muy de moda en los medios. Curioso cuanto menos, en pleno auge de las aplicaciones de buscar pareja y en medio de una hipersexualización casi absoluta de todo. Y vamos a ver mucho más contenido de este tipo a medida que se acentúen los estudios para perfilar a la Generación Z y posteriores. Cuando se pase de moda meterse con los miléniales, vamos.