Comidas preparadas y casas sin cocina

Hace tiempo escuché una entrevista -no recuerdo el enlace, para variar- a unos emprendedores del sector del delivery que proyectaban un futuro en el que la gente pediría comida a domicilio al menos cuatro veces a la semana. Esa, explicaban, era la condición irrenunciable para que el tinglado fuese rentable a largo plazo. Cocinas fantasma incluidas, imagino.

En aquel momento, se hablaba incluso de construir pisos sin cocina; tales eran las perspectivas de negocio. Aún no había llegado la pandemia del COVID a nuestras vidas sologripistas y me pareció que el objetivo era exagerado. Yo no hacía tanto que había perdido un montón de peso entregándome a la alimentación sana, y mis costumbres incluían pedir una pizza o comer en un Burger King un par de veces al mes, como mucho. También porque me parecía una bonita forma de tirar tu economía por la borda en comida sabrosa pero insustancial.

Un par de años después de aquella entrevista, en cambio, mi perspectiva ha cambiado. En este tiempo -principalmente desde que llegué a Grecia-, he conocido a personas de muchos países que tiran de delivery con frecuencia o, directamente, comen regularmente gracias a él. No solo incluyo aquí las apps que te llevan los platos a domicilio, sino también los locales de comida casera que aquí son tan populares y, también, muy baratos.

Como ya, de nuevo, ni vivo solo ni tomo mis decisiones personales unilateralmente, me he encontrado con que aquí, en casa, también el sector de comidas preparadas ha invadido parte de mi rutina alimenticia. El coronavirus, claro, ha influido pero, pese a que me gusta mucho cocinar, también la realidad laboral, la gestión del tiempo y las costumbres en general de aquellos con los que me relaciono, han generado un afluente de platos ya cocinados en mi dieta.

Por una parte, convivir y relacionarte con gente de Italia conlleva inevitablemente a que la pizza esté presente en tu vida, como en la suya. Eso sí, nada de piña. Ni nada de cosas raras en la Margherita, per cortesía.

También es cierto que en Thessaloniki hay una innumerable cantidad de sitios de comida casera lista para llevártela al apartamento. He probado varios, pero mi favorito es Odiseas, en el que siempre hay cola, y que lo descubrimos al observar que la Policía se acercaba allí a pillar especialidades regularmente.

En Odysseas siempre hay cola, pero es una cola que va más rápida que un fórmula uno. Es un sitio familiar que recuerda bastante al episodio del sopero nazi de Seinfeld. Es comida barata, está rica y tienes que seguir unas normas que son, básicamente, tener claro lo que quieres o pensarlo rápido. Porque si no esa familia cocinera le da el turno a otro. Porque son gente con una prisa mortal por servir platos, que son los que ellos tienen y no pidas otros ni les líes con tontás.

Con tres euros comemos dos medio pollo con patatas fritas. Por seis, te comes un par de schnitzel de pollo o unos cordon bleu. Así que, claro, vengo de comprar allí, porque yo con los huesos de ese pollo legendario hago un fondo muy bueno para el arroz.

Hago caldo de pollo y, también, de pescado, con lo que compro en el mercado de Aristotelous. Porque sigo cocinando, porque cocinar es cultura, es diversión y es bien. Y por mucho delivery que quieran meter en nuestras vidas, a mi, queridos emprendedores, el piso me lo alquiláis con cocina. Faltaría más.

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