Encuentros, despedidas y ausencias

El otro día, con una cena, claro, me despedí de dos amigas. Jóvenes y con todo por hacer y vivir en los años venideros. Quiero pensar que es un hasta luego y que, en algún punto del camino, nos volveremos encontrar, aunque sea brevemente.

Cuando estás de aquí para allá; cuando estableces tu base en tierra ajena, tus días se llenan de encuentros y despedidas. Conoces a mucha gente de paso, a otra tendrá hueco en tu vida -y tú en las suyas- por un breve lapso de tiempo y tan solo unos pocos, poquísimos, se harán con el carné de miembros permanentes de la tribu.

Pasa con los amigos y, también, con el amor, que horada la piel y se adhiere al recuerdo incluso cuando se ha apagado ya la última vela que quedaba encendida.

Una razón de peso para no moverse del terruño es no enfrentar ni padecer esa fragmentación de la amistad, de las relaciones… en infinitos y dispersos trozos. Me parece un argumento importante, aunque en mi caso palidece ante la perspectiva de encontrar otras mentalidades, acentos, tonos de piel, formas de sentir y de pensar. De vivir.

Y, aún así, qué duras son las ausencias. Las forzosamente escogidas y las sobrevenidas. El «desastre repentino«.

Nunca se está preparado lo suficiente para decir adiós. A mi es que se me dan fatal las despedidas.

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