Aprender un idioma por tu cuenta como aventura didáctica.

Aprender un idioma por tu cuenta es todo un reto cuando tienes 37 años, poco tiempo y muchos libros en la pila de leer. Sin embargo, cuando llegué a Grecia, hace ya diez meses, me propuse que al menos conseguiría comunicarme mínimamente en el idioma local.

Es cierto que en Thessaloniki hay muchas cosas que puedes apañarlas en inglés, pero en ocasiones vas a encontrarte con el que el nivel de comprensión de ese idioma es limitado. Sobre todo si tratas con gente un poco mayor.

Así que, en aras de la integración, me adentré un poco más de lo habitual en el proceloso mundo del aprendizaje de idiomas autodidacta y me dije que venga, que me pongo en serio.

¿Cómo empezar a aprender un idioma por tu cuenta?

Obviamente, la primera duda es por dónde empezar y qué material usar. En mi caso, encontré dos buenos canales de YouTube (uno en español y otro en inglés) que me están sirviendo mucho para avanzar tanto en vocabulario como en gramática.

También utilizo Duolingo, a pesar de que era bastante escéptico al principio. Mi opinión es que no vale como método de aprendizaje único -tampoco los vídeos- pero sí complementario. Es una buena herramienta para entender algunas estructuras gramaticales y memorizar vocabulario temático, en plan: animales, alimentos, prendas de ropa, colores, etc.

Tomar notas y memorizar

Algo que me ayuda bastante es tomármelo con calma y sin ninguna prisa y, también, tomar muchos apuntes en un cuaderno de todo lo que aprendo. Es decir, que no te puedes librar de eso tan denostado de memorizar. Está bien intentar que el aprendizaje sea divertido, pero en algún punto del proceso no te va a quedar otra que repasar una y otra vez los casos, los verbos, los conectores…

Digo lo de no agobiarse, porque habrá palabras que se te queden rápido, pero otras vas a tardar la vida hasta que las internalices. En griego, por ejemplo, la mayoría de verbos son irregulares, y te quieres morir muy fuerte. Yo suelo hacer juegos de palabras, asociarlas con imágenes concretas o desarrollar mis propias reglas nemotécnicas para acordarme. No importa que te parezcan una chorrada. Si te ayudan a recordar, son perfectas.

Para empezar, lo que hago es centrarme mucho en contenido que es relevante para mi. Por ejemplo, como tengo la ventaja de que estoy aquí en Grecia, he aprendido muy rápido todo lo que tiene que ver con hacer la compra y con los restaurantes, que me encanta. Puedo hablar con mucha más soltura en el mercado de Aristotelous que en la farmacia. Y está genial para empezar.

Pequeñas victorias

Al aprender un idioma de forma más o menos autodidacta, resulta importante obtener pequeñas victorias. El hecho de entender una pequeña frase, algunas palabras en un vídeo de una conversación, o ser capaz de comunicarte de forma efectiva con alguien, son estupendos acicates para ayudarte a continuar. Por eso, al principio no me centro tanto en hablar perfecto como en ser capaz de expresar cosas con significado.

Sobre la inmersión lingüística en un país nativo, lo que puedo decir es que, aunque ayuda a probarte en el campo de juego, por así decirlo, tendemos a sobrevalorar su importancia. Me gusta más centrarme en aprender estructuras gramaticales, vocabulario y conectores para, más adelante, ponerlos en práctica en la vida real y jugar a construir frases como si fuese un rompecabezas. Cuando aciertas, es una alegría; cuando te equivocas, alguien te va a corregir y aprendes.

Igualmente, me parece muy útil escuchar con atención. Usar vídeos en Internet para ir identificando sonidos, entonaciones, palabras… Para mí, al principio, el griego era una letanía incomprensible con un alfabeto infernal. Sin embargo, una vez que logré aprenderme el alfabeto, empecé a poder leer por la calle, cada vez con mayor soltura. Y una vez sabes cómo se dicen algunas palabras, cómo suenan y cómo terminan, puedes empezar a separarlas dentro de un diálogo cuando las escuchas y aprender nuevas. Es un proceso muy motivador, si tienes paciencia.

Sigá-Sigá / Poco a poco

Ahora mismo, le voy dedicando el tiempo que puedo, sin presionarme en exceso y siendo consciente de que es un camino lento. Me gustaría, en uno o dos meses, aumentar sustancialmente mi capacidad para, al menos, tener ya charlas intrascendentes algo más largas y doblar el vocabulario que conozco. Contra más palabras y normas conozcas, más construcciones puedes hacer y mayor será tu capacidad para comunicarte. Os iré contando mi progreso.

NOTA: Con todo esto no quiero decir que el aprender un idioma por tu cuenta sea el mejor camino posible. Hay numerosas opciones profesionales, como apuntarse a una academia, clases particulares, cursos, etc. A mi me funciona bien el ir un poco a mi bola al principio, pero no descarto usar uno de estos métodos cuando me estanque o cuando quiera perfeccionar lo que haya aprendido.

Aunque en esta época pandémica, las opciones se han visto un poco reducidas, también es cierto.

Navidad fuera de España y nieves de enero

Ha sido una Navidad atípica. La primera que no paso con mi familia, también. En otra ocasión, que también estuve fuera, sí que volví; como el de El almendro. Esta vez, no. Los aviones, las restricciones, las PCR’s… Los contagios… Navidad fuera de España.

Al menos he pasado todas las fechas importantes con gente estupenda. No me quejo, no han sido unas fiestas solitarias. Y comimos y bebimos hasta hartarnos, que es lo bonito de las celebraciones.

https://twitter.com/jm_guada/status/1342029119102455810

Thessaloniki es bonita en Navidad. Las calles del centro estaban llenas de luces y en mi barrio, en general, hay esfuerzo en adecentar las fachadas para la ocasión. Seguimos en lockdown, eso sí. Va ya para tres meses la cosa. Ni tiendas, ni bares, ni Cristo que lo fundó en fechas tan señaladas.

Mientras en España nieva como si no hubiese un mañana, en Macedonia Central disfrutamos anoche de unos dadivosos 17 grados. Diciembre y enero están siendo soleados y no excesivamente fríos. Guadalajara, mientras, espera diez grados bajo cero para este lunes. Lo nunca visto.

Así da gusto el invierno

Ahora todo el mundo se acuerda de 2009, que también nevó bastante. Yo estaba en el pueblo y vinieron a “rescatarme” con un todoterreno para poder ir a Guadalajara a salir de fiesta. Porque entonces, doce años ha, salir de fiesta era una religión. Ahora, como en las iglesias, da la impresión de que hay menos gente o de que se sale distinto. Aunque esto último igual es sólo que voy a cumplir 38.

En casa, en la de Grecia, acabamos de quitar unas luces que compramos en el mercado de Aristotelous, a deshoras ya casi. Las pusimos para Nochevieja, circundando la puerta acristalada que da al balcón. Un espectáculo de colorines tintineantes por cinco euros. Instalé más o menos otras blancas, que duraron un suspiro antes de dejar de funcionar.

Mi primera intentona por emular aquella película de Chevy Chase en la que iluminaba a tope la fachada de la casa, ha sido fallida. El año que viene pongo hasta renos.

Al menos pudimos comprar las luces, porque para esta Navidad han podido abrir las peluquerías -ahora,de nuevo chapadas- pero también las tiendas especializadas. En la nueva normalidad te puedes comprar un Santa Claus de peluche, pero no una sartén para la cocina.

Lo mejor de esta Navidad es que en Grecia acabamos 2020 una hora antes, si nos regimos por el huso horario de España. Luego, a la media hora, se fue la luz en todo mi barrio. A la una nos tomamos las uvas con las Anas – o las Annes- a la luz de las velas y mirando la pantalla del móvil. Bienvenido, 2021.

El 1 de enero, en cambio, sí fue bastante tradicional. Encargamos unos churros y una bugatsa. La bugatsa bien, porque es lo de aquí. Los churros, reguleros. Eché de menos los de La Giralda, en Guada. Y descubrí una cosa muy fuerte en el NYT: que hay galletas Oreo con sabor a churros. Apropiación hipertensorial.

Aunque lo tradicional en Grecia es comerse la basilopita – el bollo de San Basilio- el primer día del año, yo ya me hice con esa experiencia a mitad de diciembre. Me tocó la sorpresa y todo.

Compre la basilopita en el Sklavenitis y os puedo decir fehacientemente que sabe exactamente igual que el roscón del Lidl. Hay por ahí un Papá Noel de las masas que reparte la misma para hacer repostería en todo el mundo.

Y como último apunte, he estado viendo estas Navidades una serie bastante mamarracha de bailarinas y bailarines, en Netflix. “Delicadas y crueles” se llama la cosa. Pero de esto ya hablaremos en el “últimamente he visto” de enero, porque aún no la he terminado. Voy a paso de tortuga con ella.

De la Lotería de Navidad tampoco hablo. Otro año que nos toca salud, y casi ni eso.

Que tengáis un 2021 legendario.

Desobedecer a la economía de la atención

Si hay un término en el mundo del entretenimiento que se ha popularizado como ningún otro es el de la “economía de la atención“. Con él nos referimos a un ámbito competitivo en el que, dado que nuestro tiempo de ocio responde a un juego de suma cero, la oferta de actividades recreativas y contenidos, casi infinita, intenta hacerse con al menos un retazo de nuestras vidas. En definitiva, que no podemos hacerle caso a todo y nos toca priorizar unas opciones frente a otras.

El exceso de oferta genera ese efecto de ansiedad que se conoce en el mundo anglosajón como FOMO (Fear of missing out): el miedo a perderse algo. Y es que si ahora que termina 2020 nos ponemos a escudriñar en las listas de lo mejor del año, descubriremos que, en realidad, es imposible que no nos perdamos casi todo.

Frente a eso que yo llamo bulimia audiovisual -aunque podríamos extenderlo a las redes sociales, el fitness, los libros, los medios de comunicación; la música o cualquier otro sector del tiempo libre-, me viene bien lo que Jennie Odell propone en su libro “How to do nothing”, casi como un acto de resistencia.

“Desobediencia civil en la economía de la atención significa retirar esa atención […] e invertirla en otra parte, para agrandarla y multiplicarla, para mejorar su agudeza”.

Jenny Odell. “How to do nothing: Resisting the Attention Economy“.

Hay veces que es conveniente refocalizar nuestra atención. En los últimos meses trato de informarme con menos fuentes, pero mejores. De seleccionar mejor lo que veo, lo que escucho y donde voy o no con mejor criterio. Y mejor criterio significa no sólo buscar la calidad, sino descubrir también que es lo que me gusta y me interesa de verdad. Porque nos pasamos la vida intentando encajar lo que pensamos que debería ser en lo que es. Y la cosa va al revés.

Si algo he aprendido en 2020, es a descartar en todos los ámbitos. Y a apreciar más lo que se queda. Lo que se tiene que quedar.

Dice Odell en su libro que, “en el corto plazo, las distracciones nos pueden apartar de hacer las cosas que queremos hacer. En el largo plazo, en cambio, pueden acumularse y apartarnos de vivir las vidas que queremos vivir, o, incluso peor, socavar nuestras capacidades para reflexionar y autocontrolarnos, haciendo más difícil, en palabras de Harry Frankfurt, <<querer lo que queremos querer>>”.

El exceso brutal de opciones paraliza. Cada vez tengo más claro que reducir esas opciones es, no sólo una fórmula mágica para satisfacer mejor nuestras necesidades, sino también una cuestión de salud mental.

También es importante encontrar puntos de interés comunes con las personas que tenemos cerca. Y si no, siempre podemos hablar del tiempo.

“El hecho de que hablar del tiempo sea un cliché para iniciar una charla trivial, es en realidad un intenso recordatorio de esto, dado que el tiempo metereológico es una de las únicas cosas a las que todos sabemos que cualquier otra persona debe también prestar atención”.

Jenny Odell. “How to do nothing: Resisting the Attention Economy“.

Mis libros favoritos en 2020

Hoy han salido dos listas de libros recomendables. Una es la de Maria Popova. Extensa y variada, como de costumbre.

La otra es la de The Paris Review. Y con estas ya tenemos lectura para lo que nos queda de vida.

No he leído demasiado este año y tampoco muchas cosas relevantes. Ha sido un 2020 raro, también en la cosa lectora. Entre mis libros favoritos, disfruté mucho la biografía de Phillip K. Dick que escribió Carrere.

También leí a Sally Rooney para no ser el único en el mundo que no lee a Sally Rooney. Me gustó “Conversaciones con amigos”, así que buscaré la forma de hacerme con “Gente normal”. Echo de menos la maravillosa biblioteca de Guadalajara.

Aprovecho para recordaros que la biblioteca de Guada tiene una mesa de novedades que deberíais visitar con extrema religiosidad.

En Thessaloniki, aún no he podido visitar la biblioteca con tanta pandemia. Espero que tengan una buena colección en inglés. En Public, que ya os he contado alguna vez que es como la FNAC de aquí, tienen bastante oferta, pero me gustaría evitar comprar libros físicos por el momento.

Además de esos dos, también puedo recomendaros la biografía de Leonardo da Vinci que publicó Walter Isaacson. Muy amena y bien explicada. Y, para terminar ,”How to do nothing“, de Jenny Odell, aunque el último tramo del libro me interesó menos.

Otros libros que he leído en este año

  • “De cero a uno”, de Peter Thiel. Qué ego de dimensiones cósmicas tiene este señor, la verdad.
  • “El cielo según Google”, de Marta Carnicero.
  • “No tengo tiempo”, de Jorge Moruno”.
  • “Vida 3.0”, de Max Tegmark.
  • “Mis viajes con Epicuro”, de Daniel Klein. Bastante entrañable, aunque me dijo poco más.
  • “The fine art of confident conversation”. Esperaba otro desarrollo.
  • “Me cago en Godard”, de Pedro Vallín. Se lee bastante rápido y me llamó la atención el punto de vista. Coincido bastante en que hay mucha pose y divismo en el cine de autor.
  • “El sutil arte de que (casi) todo te importe una mierda”, de Mark Manson. Suelo leer el blog de Manson y compré el libro para Kindle. Me entretuvo y, con él, pague mi cuota anual de libros de desarrollo personal.
  • “The age of the infovore”, de Tyler Cowen. Aunque venía yo buscando otra cosa aquí, suelo leer Marginal Revolution, el blog de Cowen y me interesó parte de esta visión diferente sobre el autismo.
  • “Notas desde mi cabaña de monje”, de Kamo No Chomei. De este ya he hablado alguna vez en el blog. Ayer, sin ir más lejos.
  • “El amor dura tres años”, de Frederic Beigbeder. Me gustó más “13,99 euros”. Pero igual es porque estoy en un momento de menor cinismo en mi concepción del amor.

Ahora estoy leyendo “Sin filtro: la historia secreta de Instagram“, de Sarah Frier. Estoy bastante sumergido en la movida que cuenta, desde el principio de los tiempos de la red social. Pero no os digo nada más hasta que no lo termine.

Vivir tranquilo, en tiempos convulsos, es tener un balcón

Me gusta vivir tranquilo y sin preocupaciones; necesito poco. Uno de mis mayores placeres en esta vida es levantarme por la mañana, no muy tarde, y leer la prensa con un café, en silencio.

Es un momento irrepetible en el día, y me ayuda a empezar con energía. En Grecia, hasta tengo el lujo de tener un balcón. En España ahora te hacen las casas sin balcones. Lo mismo, para que no aplaudas a quien no debes.

No aspiro a nada, ni codicio nada; mi único deseo es vivir tranquilo; mi único placer consiste en no ser molestado“, decía Kamo No Chomei en sus notas desde la cabaña de monje que se construyó en plena foresta. Todo un lujo, llevar una vida tranquila y sencilla, sin que te interrumpan las notificaciones.

Pese a vivir en el siglo XII, el japonés ya sabía bastante de cómo iba a ir la pandemia en el XXI. “Yo creí que se volverían más piadosos” -escribió sobre los hombres de su época- “pero los días y los meses pasaron y, ahora, después de algunos años, ya no se habla más de todo aquello”. Tampoco nosotros nos hemos vuelto mejores, pese a las promesas de marzo. Posiblemente, tampoco peores.

Se puede ser feliz con poco, estoy convencido. Lo cual no es lo mismo que esa visión bucólica del pobre feliz. Igual habría que decir que se puede ser feliz con lo que hace falta, que es más la compañía de los tuyos y menos los objetos de los que alardear. “Miserable polvo”, si hacemos caso al poeta japonés.

Si algo podemos apreciar después de este confinamiento, que parece no acabarse nunca, es que poco hay más valioso que el simple hecho de salir a la calle. El mero contacto con el aire de fuera. Mi balcón da a un patio interno, pero es amplio y soleado. La vista es destartalada, hay dejadez en la parte baja y, sin embargo, excelso esmero en los estrechos huertos y jardines a la derecha, que algunos vecinos se afanan en cuidar y que ahora lucen adornos de Navidad.

Los hermosos paisajes no tienen dueño, de modo que nada puede impedirnos deleitarnos con ellos“.

Kamo Na Chomei. “Notas desde mi cabaña de monje”.

Nadie resumió mejor cómo ser feliz que la poetisa Mary Oliver. Nos dejó las instrucciones y todo: “pon atención, asómbrate y cuéntalo”. Schopenhauer, que era más pragmático, se centraba en que el noventa por ciento de nuestra felicidad depende de la salud. Me gusta sentarme en mi balcón por las mañanas y pensar que tengo un poco de ambos. Contemplo el granado, que ya ha perdido las hojas, y me alejo un rato de nuestro modelo de ocio y de trabajo actual, que invita a la ansiedad.

Vivir tranquilo en tiempos convulsos es, sin duda, tener un balcón.

Si quieres estudiar mejor (y menos) empieza por estos 11 consejos

Muchas veces tenemos la sensación de que nuestro método de estudio no es el más adecuado, de que podríamos estudiar mejor y de manera más eficiente.

En el instituto, pero también muchas veces en la universidad, lo habitual era la táctica memorística. Tomar apuntes literales y luego volcarlos como un lorito sobre el folio en blanco del examen. Independientemente del resultado, era normal olvidar lo “aprendido” poco después de probar que podíamos recitarlo con mayor o menor éxito.

Ya habíamos hablado en este blog de algunas alternativas para mejorar en la retención de conocimientos cuando leemos. También de lo que recomienda Bill Gates. Pero en esta ocasión me ha llamado la atención esta charla del profesor emérito del Pierce College, Marty Lobdell.

Lobdell enseñaba psicología habitualmente y es el autor de un libro que lleva el mismo título que la clase magistral que hay en Youtube: “Estudia menos, estudia inteligentemente“. El vídeo tiene ya algún tiempo y una cantidad enorme de visitas, pero la verdad es que yo lo desconocía por completo.

Sin embargo, el otro día me tomé la molestia de sacar una hora de tiempo para “asistir” virtualmente a la clase del profesor Lobdell y sacar en claro algunos conceptos que nos permitirían estudiar de forma más inteligente si los aplicamos.

Estudiar mejor: técnicas y consejos prácticos

  • Haz pausas durante el estudio. Una idea es que te apliques en bloques de media hora, con descansos de cinco minutos en los que hagas algo que disfrutes de verdad. Después, vuelve a la tarea y verás como tu capacidad de concentración irá mejorando y alargándose con el tiempo.

  • Crea un área de estudio donde te sientas cómodo. Un escritorio, una lámpara de mesa y una pared en blanco es todo lo que necesitas. Dale la espalda a la cama y aléjate de la zona cuando empieces a distraerte. La zona de estudio es solo para eso.

  • Haz un aprendizaje activo. La memorización puede funcionar a veces -y hay situaciones en las que no queda otra- pero, para la mayoría de nosotros no es la forma más efectiva de estudiar. Lee bien el texto y diferencia entre hechos y conceptos. Los segundos son más importantes y hay que entenderlos, más que memorizarlos. Para los primeros, muchas veces, ya tenemos a Google. Contra más reflexiones y trates de entender lo que estás estudiando, mejor será el desempeño posterior.

  • Si utilizas subrayadores de colores, recuerda que no es lo mismo reconocer que recordar. Me encanta esta parte: generalmente, no recuerdas lo que has subrayado, sino que lo reconoces. Por eso luego te quedas en blanco durante el examen. Para asegurarte de que has entendido y asimilado el concepto, intenta explicártelo a ti mismo con tus propias palabras. Además, recuerda que se subraya lo importante, no se embadurna de amarillo la página. Yo era uno de los que hacía esto a tope.

  • Dormir adecuadamente ayuda a consolidar lo estudiado. Descansa.

  • Tomar notas es muy importante. Pero más importante aún es, después de la clase, pasarlas a limpio e incluso ampliarlas un poco; aunque sean 5 minutos. Cuanto antes mejor porque, si no, olvidarás lo que anotaste.

  • Pregunta a tus compañeros. Pregunta a tus profesores. Están para eso.

  • Practica la recitación activa. No tengas miedo a explicarte la lección a ti mismo en voz alta si no hay nadie disponible en ese momento. En una ocasión, para hacer una guiada turística en Noruega, me pasé una tarde entera en mi habitación contándole el viaje a turistas imaginarios. Hasta coloqué un par de sillas simulando que eran asientos del autobús. Me ayudó mucho, la verdad.

  • Aprende a usar el libro de texto. Recuerda la regla SQ3R (Survey, question, read, recite and review). Básicamente, se trata de que te hagas tú mismo preguntas y que luego encuentres la mejor manera de responderlas y explicarlas con tus propias palabras.

  • Estudia un poco cada día, en lugar de mucho el día antes del examen. Te cansarás menos y aprenderás más.

  • Utiliza reglas nemotécnicas para ayudarte en el aprendizaje. Cuando estudio un idioma, a mí me suele ir muy bien el asociar una imagen o una frase corta a las palabras que me resultan difíciles de memorizar.
11 tips para estudiar más fácil y mejor.
Image by Karolina Grabowska from Pixabay

Y esto era todo por hoy. Espero que os ayude a aprender mejor cualquier cosa.

Vía Open Culture.

Warner, HBO: la que hay liada en el streaming

El anuncio de Warner de que en 2021 va a lanzar sus mejores estrenos simultáneamente en cines y en la plataforma de streaming HBO Max ha provocado un terremoto en el sector, con Christopher Nolan en cabeza de quienes están cabreados como una mona con el tema.

Diecisiete películas, por lo menos, van a ver la luz bajo este sistema de exhibición y a Nolan, que lleva colaborando con Warner desde Batman Begins (2005), le ha faltado tiempo para criticarlo a lo loco: “algunos de los mayores cineastas de nuestra industria y de las estrellas más importantes se fueron a la cama pensando que trabajaban para el mejor estudio de cine y descubrieron al despertarse que estaban trabajando para el peor servicio de streaming”. El director de “Interstellar” no le ve el sentido económico a la decisión y, por supuesto, tampoco el artístico.

Mulán abrió la veda

Los ejecutivos, en cambio, sí le encuentran significado a estrenar directamente en HBO Max, que acaba de alcanzar los12,6 millones de suscriptores este diciembre. En las cumbres de Warner creen que los tiros del público van por ahí, y también parecen opinar lo mismo las otras majors, que poco a poco van enseñando la patita a este respecto, una vez que Disney se tiró a la piscina con el Acceso Prémium para ver “Mulán Live Action” hace unos meses en Disney+.

Particularmente, hace mucho que me alejé de eso que llaman algunos “la experiencia cine”. Quitando algunos estrenos de relumbrón, ir al cine hoy en día supone pagar una entrada para compartir habitáculo con gente que hace ruido y que está pendiente del móvil. A veces he disfrutado de ir a la última sesión del lunes en Guadalajara, que tienes la sala para ti solo, casi. Pero lo cierto es que las pantallas de casa ya tienen un tamaño suficiente como para que no se eche tanto de menos el patio de butacas.

Cuestión de dinero

Otra historia es cómo afecte este seísmo en las ventanas de exhibición al reparto del dinero. Las negociaciones salariales de “Wonder Woman, 1984”, por ejemplo, han sido a cara de perro, con los agentes exigiendo para Gal Gadot y Patty Jenkins una cifra similar a la que hubiese correspondido a un estreno en cines por comisión de la venta en taquilla, una vez Warner hubiese recuperado lo invertido. Al final, el NYT dice que se van a llevar alrededor de 10 millones de dólares cada una por la película.

Además, la oferta de la cartelera cada vez es más y más conservadora, así que no compro el argumento de que se arruina la obra de los creadores. Los artistas del cine se han ido ya al streaming, muchos de ellos. El último David Fincher, que ha estrenado directamente “Mank” con Netflix. Las salas de cine acogen únicamente estrenos palomiteros destinados al público de masas. Que está muy bien. Yo también voy. Pero que no me vendan que se pierde el arte.

Ese segundo pago se perdería, en principio, con el desembarco de los superestrenos en las plataformas y mucho tiene que ver con el cabreo generalizado, barrunto.

También ha rajado del tema Dennis Villeneuve, uno de mis directores favoritos y que está pendiente de estrenar Dune, cuyo coste ha sido en parte financiado por Legendary Entertainment, nada contenta asimismo. No les compro tampoco a ellos el tema del artisteo y la pantalla grande.

El contenido no es el rey, tampoco en Warner

Al final, manda quien manda en esto, que es AT&T, propietaria de Warner y, por ende, también de HBO Max. El conglomerado de telecomunicaciones no está especialmente interesado en las opiniones del artisteo y sí en fidelizar clientes de líneas telefónicas. La industria del entretenimiento está en plena disrupción y, lo mismo, el futuro de los cines es convertirse en una especie de parques temáticos para grandes estrenos, como apunta Emilio Doménech en un hilo enorme de Twitter:

https://twitter.com/Nanisimo/status/1337380030842859523

Y, Christopher, querido… Decir que HBO es la peor plataforma… Tápate Nolan, tápate. La peor app sí, eso también os lo digo.

Un refugio de invierno ideal para días de pelimanta

The Gjovik House, de Norm Architects, es una casa, que asemeja un refugio de invierno perfecto. Está situada a una hora de Oslo, entre colinas y bosques. Destila tranquilidad.

Se ha construido de forma que habilite espacios íntimos y reflexivos. Dentro, aparte de los electrodomésticos, el mobiliario es de madera, como la fachada de la edificación, combinado con algunos elementos de cerámica y alfarería en tonos neutros.

Un auténtico refugio de invierno que invita a entrar y recogerse durante el frío invierno, época de pelimanta. Las vistas al lago y la luz natural por todos lados me convencen definitivamente. Es un sitio en el que me quedaría a leer hasta que se haya derretido el último copo de nieve.

Vía Swissmiss.

Mejores libros de cocina de 2020 (y yo que me alegro)

El otro día hablábamos de listas de series y películas y hoy toca comentar algunas de las selecciones que han aparecido ya para mejores libros de cocina de 2020. En concreto, de momento me he fijado en las de Wired, Forbes y The Guardian. En España, si han llegado, aún no las he visto.

Los libros de cocina son uno de esos géneros que de verdad me gustan en papel mucho más que en digital. No solo porque el nivel de las ediciones en los últimos años es muy alto y predominan los volúmenes magníficamente diseñados y bonicos del tó, sino porque el formato facilita la consulta rápida frente a, por ejemplo, el Kindle.

Digo esto con pinzas, porque a veces es un rollo conseguir los libros americanos físicamente y hay que recurrir al formato electrónico para algunas consultas, aunque la experiencia no sea la misma.

Recetarios del mundo y viejos conocidos

Sigue habiendo mucho libro de cocina étnica, con sus platos tailandeses, indios, cubanos, etc. Cualquier país que se precie, tiene un libro editado en tapa dura por Phaidon. Si me tuviese que decantar por cocinar o comprar ahora recetarios de algún continente, iría por Asia, pero si fuera un país, en cambio, me gustaría más México. Cosas de las contradicciones humanas.

The Guardian apunta este año más hacia Oriente Medio (tanto Palestina como Israel) e Indonesia, aunque no falta, por supuesto, Yotam Ottolenghi, el Zizek de las cocinas, porque produce una cantidad de libros que ni en tres vidas te da para leerlos todos. Aún así, en algún momento me tendré que introducir en su universo culinario, porque he oído buenas referencias de gente en la que confío.

También está Nigella Lawson, que es otra referencia habitual en las listas. Cook, eat, repeat, se llama el último invento, que mezcla recetas y ensayos sobre comida.

En Forbes han decidido presentar una lista categorizada de los mejores libros de cocina de 2020 (con bien de links de referidos a Amazon). México y Corea tienen sus propias categorías, pero lo que más me ha gustado es que hay una específica pandemic-friendly que premia a un libro de recetas con legumbres de Joe Yonan, periodista gastronómico del Washington Post. Por supuesto, también hay una categoría para vegetarianos/veganos, en estos tiempos donde el consumo de carne está en entredicho.

El título de Yonan también está en la selección de seis títulos de Wired, que ha elegido asimismo un recetario de la India, un libro back to basics (que siempre vienen bien) y un ejemplar para niños, que también tienen derecho a cocinar.

Separado de mis libros: el musical

Cuando me vine a Grecia tuve que dejar en España mi colección de libros cocineriles. Los echo de menos sin medida, la verdad. Y aquí no compro ninguno porque luego hay que cargar con ellos, que esa es otra. La vida del emigrante tiene que ser ligera, porque si no acabas transportando tu síndrome de Diógenes por toda Europa.

Aún así, creo que estas Navidades me voy a dar un homenaje en este aspecto. En Public -una especia de FNAC que tenemos aquí- tienen una buena selección de títulos en inglés. Mal se tiene que dar para que no acabe un colorido tocho en mi piso. Igual este año es el de darle una oportunidad a Ottolenghi. Total, con esto de la pandemia, ya no está de moda lo de ser minimalista.

Las mejores series de 2020 (y las películas)

Ha llegado diciembre y, con él, las listas de lo mejor del año. Uno de mis pasatiempos favoritos.

El New York Times ya ha compartido la lista de las mejores series de 2020. “What we do in the shadows” es lo único de aquí que he visto, y me flipa. Es muy divertida. Echo de menos comedias que de verdad te hagan reír y, en este caso, no me han defraudado las dos temporadas que se pueden ver en HBO.

En el apartado de shows de fuera de Estados Unidos, el NYT mete la española “Patria” (también en HBO), que me gustó mucho.. En las que terminaron ya este año, le tengo manía a BoJack y “The Good Place” se me atragantó en la tercera temporada. Una pena, porque las otras dos me engancharon muchísimo y me las vi del tirón hace un par de años.

Las mejores series del 2020, para mí, han sido:

Gambito de dama (Netflix)

– Patria (HBO)

-Lo que hacemos en las sombras (HBO). En Filmaffinity dice que es de 2019 pero yo la he descubierto a fondo en la segunda temporada y me vale.

-La maldición de Bly Manor (Netflix)

-Devs (HBO)

-El Visitante (HBO)

-El Gran Imperio Otomano (Netflix)

Muy repartido, como veis. Con año de producción 2020 no he visto nada más que merezca la pena, aunque quizá podría entrar en la lista “El espía” (Netflix), la miniserie de Sacha Baron sobre un infiltrado israelí en Siria, que está muy emocionante. También podría añadir igual “The Mandalorian” (Disney Plus). Y ya.

Por otra parte, Cahiers du Cinema también ha seleccionado las mejores películas de 2020. Sólo he visto “Uncut gems” (Netflix), que me desasosegó profundamente y me desalineó los chakras. Pero está bien.

He visto muy pocas películas de este año, verdaderamente. Mi lista igual podría incluir “Vampiros del Bronx“, que es una simpática comedia de terror en Netflix. Me interesó más o menos “La caza“, una producción de Blumhouse con guión de Damon Lindelof que daba para más pero no llegó a tanto. Me divertí moderadamente con “Encurtido en el tiempo“, la última de Seth Rogen estrenada en HBO. Poco más en este 2020 en el que aún no he sacado tiempo para ver lo último de Aaron Sorkin.