Pobres en tiempo (y en dinero) y ricos en ansiedad

El otro día estuve leyendo este artículo de Oliver Burkeman en The Guardian, que se titula “Por qué la gestión del tiempo nos está arruinando la vida”. O traducido de otro modo, por qué la economía de la atención y la era de la productividad personal son poco compatibles con la felicidad y mucho con la ansiedad.

También hace poco, me desahogué en Twitter contra el rollo macabeo de la formación permanente. Una mentira cochina de nuestros días que, como casi todo, ha terminado por ser un mantra de guruses, coaches y otras gentes de mal vivir en el mundo del marketing y los recursos humanos.

Buena parte de la ansiedad de nuestros días viene de esa necesidad permanente de estar al día. Para ello, hay que utilizar una gran cantidad de nuestro recurso más preciado, que es el tiempo. Un tiempo que, además ha de ser “productivo” en el sentido más economicista posible, puesto que de no serlo, nos dicen, lo estaríamos tirando a la basura.

Actualización permanente y culpa

El discurso de la actualización permanente (el “reciclaje”, como si fueses un residuo que un día sirvió y ahora hay que fabricar de nuevo) no sólo se circunscribe al ámbito laboral, sino también al del ocio, el sentimental y, prácticamente a casi cada ámbito de nuestras vidas. Lo viejo ya no vale y, además, cada vez está más próximo. De esto me di cuenta hablando con una amiga de 21 años que me estaba contando acerca de una película “antigua”: ¡De 2012, nada menos!

En “La sociedad del cansancio”, el filósofo Byung Chun Hal dice que “la sociedad del siglo XXI ya no es disciplinaria, sino una sociedad de rendimiento” que “produce depresivos y fracasados”. Un montón de gente alienada por “los proyectos, las iniciativas y la motivación”, donde el invididuo acaba sumido en “el reproche de sí mismo y la autoagresión”.

Ese sentimiento de culpa termina por no dejarte incluso disfrutar una película de esas que has tardado dos horas en seleccionar, de entre la interminable avalancha que ofrecen las plataformas de contenido. ¿Dos horas de metraje? ¿Puedo permitirme no ser productivo tanto tiempo? ¿Si veo esta película, no me estaré perdiendo tantas otras? ¿No debería estar apuntándome al curso de “inserte aquí el próximo deberíaserunaasignaturaobligatoriaenelinstituto“?

El mercado laboral no funciona

Pero lo que yo venía aquí a decir es que el mercado laboral es un cráter humeante en el que se potencian todos estos males. Detrás de toda esa búsqueda de significado y de mensajes motivadores en LinkedIN, no se oculta otra cosa que la frustración por la falta de oportunidades razonables. O sea, que estamos en la mierda.

Una búsqueda de ofertas de trabajo por Internet, te deja exhausto. Los reclutadores reclaman posiciones, generalmente floreadas de términos en inglés, que no sabes ni qué función tienen. Apenas se especifican salarios y condiciones y, en su lugar, se detallan una nutrida cantidad de habilidades que los postulantes deben atesorar para acceder, tan sólo, a que se dignen a entrevistar a los candidatos.

Ya no es sólo la experiencia o la tan manida “capacidad de trabajo en equipo”, sino que leer en estos días los detalles de una posición laboral requiere casi de una piedra Rosetta y una consulta en Google para entender el software específico del que te están hablando y que esperan que traigas sabido de casa. Ese hoy. Mañana, otro.

Las empresas han decidido que no quieren pagar por la formación de sus empleados, ni tampoco gastar ni un minuto en enseñarles. De modo, que esperan que vengas aprendido. Que hayas hecho un MOOC, por ejemplo. Ya sabes, uno de esos cursos online que venían a traernos el maná de la educación superior gratuita, pero que ahora se agrupan en certificados y te cobran una tarifa plana al mes. Yo también los hago, no te preocupes. Y yo también los dejo a medias porque tengo que atender mi vida personal. Preocúpate aún menos.

¿Cómo no autoagredirte ni cuestionar tus capacidades si jamás das el perfil? Los expertólogos te dicen que cambies todo el rato tu CV, que tengas siete, y al tiempo que tienes que tener claro lo que quieres (un horario y un salario decentes, gracias) y poner las keywords adaptadas a cada puesto. Claro que sí, guapi, un esfuerzo titánico en una sola oferta para que, por menos de ná, te descarte un algoritmo sin miramientos.

DISCLAIMER: a ver, si encuentras una oferta te gusta mucho, esfuérzate, no seas tarugo. Pero ya tu sabes.

El trabajo ya no puede ser el centro de nuestras vidas

Lo que pasa es que -fuera de los sectores verdaderamente esenciales- apenas hay trabajo, porque ya no hace falta y menos que va a hacer… Y además, a muchos les cuesta imaginarse un futuro sin él. Porque para eso hay que dejar de ser una sociedad trabajocéntrica y desarrollar un sistema educativo muy potente, que ayude a todo el mundo a disfrutar verdaderamente del tiempo libre.

Individuos que desarrollan una vida interior y no se aburren. Gente que pasa de tener una carrera laboral que le aparte de los suyos. Reparto del trabajo real y de la riqueza. Una pista: al club de los andorranos no le va a gustar.

Y de la demencia que es el mercado inmobiliario, hablamos otro día.