Encuentros, despedidas y ausencias

El otro día, con una cena, claro, me despedí de dos amigas. Jóvenes y con todo por hacer y vivir en los años venideros. Quiero pensar que es un hasta luego y que, en algún punto del camino, nos volveremos encontrar, aunque sea brevemente.

Cuando estás de aquí para allá; cuando estableces tu base en tierra ajena, tus días se llenan de encuentros y despedidas. Conoces a mucha gente de paso, a otra tendrá hueco en tu vida -y tú en las suyas- por un breve lapso de tiempo y tan solo unos pocos, poquísimos, se harán con el carné de miembros permanentes de la tribu.

Pasa con los amigos y, también, con el amor, que horada la piel y se adhiere al recuerdo incluso cuando se ha apagado ya la última vela que quedaba encendida.

Una razón de peso para no moverse del terruño es no enfrentar ni padecer esa fragmentación de la amistad, de las relaciones… en infinitos y dispersos trozos. Me parece un argumento importante, aunque en mi caso palidece ante la perspectiva de encontrar otras mentalidades, acentos, tonos de piel, formas de sentir y de pensar. De vivir.

Y, aún así, qué duras son las ausencias. Las forzosamente escogidas y las sobrevenidas. El «desastre repentino«.

Nunca se está preparado lo suficiente para decir adiós. A mi es que se me dan fatal las despedidas.

Retomar los principios y apretar tornillos

Es difícil que tus principios permanezcan inalterables al contacto con tu propia humanidad. Esta es una situación de perfecta normalidad y, en el mejor sentido estoico, también lo es el recordar que podemos reiniciarlos y retomarlos sin importar el pasado, pues lo importante es continuar con tu camino.

Ayer fue un día bastante improductivo. Uno de esos en los que no apetece hacer nada más allá de vaguear sin rumbo ni actividad fija.

Y aún así monté una mesa que compré en Ikea. Una tarea titánica que completé después de haber comprado un destornillador en la ferretería por la mañana. El lance, me sirvió para aprender el término en griego: κατσαβίδι.

También, para apretar los mangos de los cacharros de la cocina, casi todos de saldo o derribo, y casi todos bailoteando a un pemigroso ritmo cuando están colmados de agua o aceite a altas temperaturas.

De nuevo constaté, por otro lado, que lo mío con la ficción asiática no tiene remedio. Acabé a duras penas el segundo capítulo de «El juego del calamar» y me dormí un rato viendo la última película de Evangelion. Jamás había visto nada de la serie, así que he empezado por el final, como en aquellos años en los que compraba El País en papel y empezaba a leer por la contraportada.

Pregunta del día: ¿Cuánto tiempo es aceptable dejar pasar hasta responder el mensaje de alguien a quien acabas de conocer? ¿Cual es la reacción apropiada para cuando alguien se toma 36 horas para contestar? ¿Hay una norma de etiqueta definida para los chats de Instagram?